Llevo años casada y creo que me estoy enamorando… ¡de mi marido!
Nos casamos muy jóvenes, pero muy enamorados. Muchísimo. Una cosa muy loca, de película. De miniserie de Netflix. Era el amor más puro y fuerte de la historia. Nada podría con él. Ni el paso del tiempo, ni la rutina, ni los cambios que se iban produciendo en nuestras almas y nuestros cuerpos. Ni siquiera los tratamientos de fertilidad a los que nos sometimos después de mucho tiempo intentando concebir.
Durante ocho años de novios y más de una década de matrimonio, nuestro amor no dejó de crecer y fortalecerse.
Y, entonces, fuimos padres.

Oh, la crianza, qué maravilla, eh. Más felices nosotros con nuestros hijos… Eso lo digo en serio, cero sarcasmo: Nuestros niños nos colmaron de felicidad. Pero… la crianza… La crianza fue nuestra kriptonita. Hola hijos, adiós amor. Hola vida familiar, hasta nunqui vida de pareja. Así, tal cual. Compañeros de piso, en eso nos convertimos. Y lo peor de todo es que ni siquiera me di cuenta. Fue tan gradual, tan paulatino… Un día él era mi mundo, al siguiente ‘dios, pero qué mal me cae de repente este tío’. ¿Era mutuo? Creo que sí. Nos cogimos manía. Nos soportábamos a duras penas y eso pensando que nos venía demasiado bien la ayuda doméstica y el co-parenting. Como para ponernos exquisitos y separarnos solamente porque, de pronto, no nos pudiéramos ver.
Llevo años casada y creo que me estoy enamorando… ¡de mi marido!
Supongo que lo asumimos y que nos acostumbramos a la nueva situación. A la nueva relación de colaboradores que teníamos. Nos necesitábamos, ya nos plantearíamos el divorcio más adelante. Cuando los niños se independizaran o por ahí.
Pero, un buen día, ocurrió. Se dio el proceso inverso. Despacito, pasando desapercibido, el efecto de la kriptonita se agotó. Fui consciente de ello una mañana que, después de desayunar, nos quedamos charlando animadamente en la cocina. Nosotros… ¿hablando? Sí, tía. Sin reproches, sin discutir por nada. Solo hablar de alguna de nuestras movidas. Otro día, poco después, nos despedimos antes de irnos a trabajar con un beso. ¡Un beso! ¡En la boca! Sin lengua, ni nada, pero… ¿Cuándo nos habíamos dado el último?

Pues ha habido más. Más besos, más cosas que no son besos. Y más conversaciones y más estar juntos. Más respeto, más cariño. Somos más que compañeros de piso, me atrevería a decir que mucho más que co-padres. Es que estoy re-conociendo al chico aquel con el que empecé a salir cuando éramos unos críos. Joder, si es que creo que, después de tantos años, me estoy enamorando. ¡De mi marido! ¡Qué locura!
Llevo años casada y creo que me estoy enamorando… ¡de mi marido!
Fíjate que iba a tener razón mi madre con eso de que los niños no son pequeños toda la vida y que al final se sale de ese agujero oscuro en el que caímos cuando nacieron nuestros enanos.
Así que ahora, por fin, vemos la luz. Juntos. Y yo estoy disfrutando más que nunca de mis hijos, de mi familia y de este rollito que nos traemos y que, no sé, ¡lo mismo termina en boda! Ah, no, espera, que eso nos lo podemos ahorrar.