Desde que se jubiló, a mi padre le ha dado por hacer las mil y una cosas. Tiene una agenda ocupadísima. Siempre había querido disfrutar de sus hobbies, pero nunca había tenido mucho tiempo, llevando su familia y su negocio. Autónomo y jefe de su propia empresa. Podéis imaginar el tiempo libre que le quedaba al pobre. Pero siempre ha sido una persona con muchísimas inquietudes y unas ganas de aprender cosas nuevas enormes. Así que cuando se ha jubilado, ha llegado su momento de disfrutar de verdad de la vida, haciendo las cosas que a él le gustan.
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Total, que de regalo de jubilación le regalamos un buen ordenador, para que hiciese sus cursos y formaciones y aprendiese e investigase de todos los temas que alguna vez le habían llamado la atención. Pues se ha montado un despachito la mar de mono, con el ordenador cerquita de la ventana que da al patio interior para tener buena iluminación, y se nos está convirtiendo en un erudito en toda regla. Se pasa las horas enganchado, aunque no le hemos permitido que se apalanque demasiado y se ha apuntado, siguiendo nuestro consejo, al gimnasio, donde tiene un entrenador que le aconseja ejercicios de acuerdo a su edad.
El otro día fui a tomar café con él, después de salir del trabajo, y me dijo que le estaba pasando algo y que quería saber mi opinión. Resulta que hace unos días, estaba entretenido con el ordenador, cuando vio caer algo delante del cristal de la ventana. Pensó que era una hoja, pero no. Era un tanga de hilo. Negro. Pequeño. Muy pequeño. Se quedó enganchado en el marco de la ventana.
Encima del piso de mi padre, solo hay otro piso, en el que vive su vecina, de unos cincuenta y cinco años. Divorciada. Muy resultona ella. Pensó que tendiendo la ropa se le había caído. Así que se lo dio a la chica que le viene a limpiar, porque le había contado que iban al mismo gimnasio y coincidían a menudo.
Unos días después, mi padre volvía a estar sentado en el ordenador, esta vez con la ventana entreabierta, para que se ventilase el despacho. Y de repente se cuela algo por la ventana y le cae en la mesa. Esta vez, rojo. Otro tanga. Para entrar así, lo tienes que tirar hecho una bola y con fuerza. Que no supo cómo reaccionar y esta vez se lo guardó, porque le daba vergüenza dárselo a la chica de la limpieza y muchísima más a la vecina.
Después del segundo incidente, mi padre dice que cuando coincide con la vecina en el portal, él cree que le mira de forma rara, aunque que no está muy seguro. Pero que no tiene valor para comentarle nada, porque le da apuro. Mi padre, el hombre más social y educado que conozco, que saluda siempre a todo el mundo, dice que se corta y que casi no se atreve a mirar a la vecina.
Ahora cuando se sienta al ordenador, está como intranquilo y va mirando de vez en cuando hacia arriba para ver si cae algo más o no. ¿Son manías mías o la vecina se le está insinuando a mi padre?