Trabajo a treinta kilómetros de distancia de la ciudad donde vivo, no me gusta conducir, así que normalmente voy y vengo en transporte público, generalmente en autobús. Me lleva más tiempo y dependo más de horarios, pero me libera de la tensión de la conducción, me ahorro el dinero de la gasolina y me deja tiempo para leer o escuchar música, por lo que a mí me compensa.

Todo es perfecto salvo cuando hay huelgas de transporte y no me queda otra opción que ir en coche. En esos casos, mi hermana suele prestarme el suyo y me hace el apaño.

La última vez que cogí su coche fue durante la última huelga general de transportes a nivel regional y la operativa fue la de siempre, me prestó su coche, lo utilicé lo estrictamente necesario para ir y volver del trabajo, se lo devolví lleno de gasolina y tan amigas.

Un mes después de aquella huelga, mi hermana me mandó una foto por Whatsapp con un mensaje que ponía: esto lo vas a pagar tú, guapa. Efectivamente, era una multa, concretamente una multa por exceso de velocidad. Tenían el registro del coche de mi hermana en una zona con velocidad limitada a 100 kilómetros por hora, pasando a 135. El día y la hora coincidían con los de la huelga de transportes y, la foto que se adjuntaba no dejaba lugar a dudas, era yo. La multa eran 300 euros y dos puntos menos.

Por supuesto, mi hermana no estaba dispuesta ni a pagar la multa ni a que le restaran puntos, así que teníamos hacer un trámite administrativo en el que notificábamos quién era el conductor para que la infracción recayese sobre mí y no sobre ella. Y, además, mi hermana estaba tan cabreada conmigo que me dijo que no quería saber nada y que me las apañase yo para solucionarlo así que no me quedó más remedio que ponerme a ello.

Intenté hacer todos los trámites por Internet, pero me fue imposible y, después de varios días pegándome con la web de la DGT, decidí pedir cita y acudir de forma presencial a la Jefatura de Tráfico de mi ciudad para gestionarlo todo.

Llegué diez minutos antes de mi cita y me senté a esperar mi turno. Pasaron esos diez minutos y otros cuarenta y cinco más hasta que, por fin, me tocó y me llamaron de la ventanilla dos. Detrás del mostrador un chico bastante antipático me dijo casi sin mirarme a la cara que los papeles no servían ya que estaban mal rellenados, me dio dos impresos nuevos y me dijo que, una vez cumplimentados de forma correcta, podría presentarlos, previa espera de la cola correspondiente o pidiendo cita para otro día.

Intenté quejarme, pero no me dio ni siquiera la oportunidad para eso. Indignada, recogí los impresos, me moví a una esquina y me puse a rellenarlos concienzudamente para que aquel idiota no tuviera nada que decirme. Cogí turno, esperé otra vez la cola y me dirigí de nuevo a su ventanilla. Revisó los impresos, los dio de paso y me pidió la autorización para actuar en nombre de mi hermana, cosa que yo no tenía.

—Así no te lo puedo gestionar, lo siento. Tendrás que volver otro día, a no ser que puedas conseguirlo antes de que cerremos la oficina a las 14 horas —dijo.

Mi enfado iba en aumento y aún no sé cómo pude controlarme cuando añadió:

—Es que si nos leyéramos antes las instrucciones no pasarían estas cosas.

Me mordí la lengua y me fui.

Por supuesto, fui incapaz de conseguir la autorización ese día, así que me tocó gestionarlo de nuevo y volver una semana después, rezando para que todo estuviera bien y que no me tocara el mismo idiota en la ventanilla.

Cuando llegó el día de la cita y mi número de turno salió en la pantalla donde indicaba a dónde me tenía que dirigir  me quise morir porque, efectivamente, estaba el mismo chico atendiendome.

—Tú otra vez —dijo antes de que pudiera sentarme —. Espero que hoy lo tengas todo.

—Yo también lo espero —dije indignada.

Revisó los papeles una y mil veces y finalmente los dio de paso. Cuando estaba a punto de irme y mientras estaba guardando la documentación en una carpeta para no perder nada dijo:

— Qué pena que ya lo tengas todo en orden y no tengas que volver, aunque si necesitas algo o tienes alguna duda sobre el proceso, te dejo mi número.

Y me dio un post-it con un número de móvil.

Me quedé tan cortada que ni siquiera le contesté, cogí el post-it, lo guardé en la carpeta y me fui.

A los pocos días quedé con mi hermana para darle la carpeta con toda la documentación por si la necesitábamos para algo, ya que ella es mucho más ordenada y estaba segura de que así no se perdería nada.

Cuál fue mi sorpresa cuando al revisar los papeles de la carpeta encontró el post –it y me preguntó por él. Le dije lo que había pasado con el chico de la ventanilla, pero que pasaba por completo de eso y, aunque mi hermana me insistió en escribirle simplemente por ver qué pasaba yo le dije que me dejara en paz y zanjé el tema.

Cuanto llegué a casa, tres horas después, empezó a sonarme el Whatsapp y al revisarlo vi un par de mensajes de un número que no tenía guardado. Cuando los abrí vi que me contestaba a un mensaje que supuestamente había escrito yo preguntando sobre unas dudas acerca de la multa que había ido a gestionar… Iba a matar a mi hermana en cuanto la viera.

Le contesté y le dije lo que había pasado, que no había sido yo quien había escrito y que lo sentía. Sin embargo, él volvió a contestarme diciendo que aun así reiteraba la oferta y que estaría encantado de resolver todas las dudas que tuviera tomando un café. Aún no sé por qué acepté, supongo que por el compromiso y la vergüenza que sentía después de que mi hermana le hubiera escrito y porque no me iba a morir por tomar un café con alguien durante media hora.

Después de ese café, vinieron algunos más, unas cuantas cenas y tres citas formales. Este fin de semana hemos quedado para la cuarta y, de momento, todo fluye así que ¡bendita multa por exceso de velocidad!