Conocí a Ramiro cuando yo tenía como doce años y él era algo mayor que yo, pero no mucho. Por aquella época los dos salíamos a una plaza de mi pueblo en la que se reunían gran parte de los adolescentes todos los fines de semana para charlar. Allí se forjaron muchas relaciones de amistad y otras tantas amorosas. La mía con Ramiro tuvo poco de las dos cosas. Fuimos unos amigos mediocres y nos dimos cuatro besos en un momento en el que él había dejado a su novia, supuestamente.

Tras aquello, perdimos el contacto. Pero años después volví a contactar con él, por saber qué era de su vida. Le escribí por una red social y lo que me encontré fue una respuesta llena de rencor, escrita por su entonces novia, que seguía siendo la misma chica con la que estaba cuando lo conocí (y con la que supuestamente cortó antes de tener esa mini relación que tuvo conmigo). No recuerdo bien el contenido exacto del mensaje porque no le di demasiada importancia. Hoy en día se habla mucho de sororidad y estoy de acuerdo en que las mujeres no debemos participar en unos cuernos que les quieran poner los maridos a sus esposas. Pero, por aquel entonces, yo creía que ellos dos habían roto y, por eso, me permití darle unos besos a Ramiro. Si llego a estar segura de que, en realidad, seguían siendo pareja, no me habría metido ahí. Pero eso a ella le daba igual, yo era una mala mujer y punto.

Bueno, pues como mis ganas de saber qué tal le iba la vida a Ramiro, en realidad, tampoco es que fueran demasiado intensas, cuando me encontré con que era su novia la que manejaba sus redes, desistí de intentar contactar.

A los pocos meses de eso me lo crucé por la calle, pero hizo como el que no me conocía.

Años más tarde, ya con treinta y tantos, volvimos a contactar. No recuerdo cómo. Y me explicó que acababa de cortar con otra novia que tuvo y que la chica a la que yo sí conocía le había tenido tan controlado por aquella época que por eso no me saludaba si me veía por la calle. Pero que en ese momento estaba soltero, sin compromisos y disponible para retomar una relación conmigo, del tipo que fuese. Así que acepté quedar con él para conocerlo, porque hacía aproximadamente veinte años que no teníamos una conversación significativa, así que yo no tenía ninguna pretensión de ser su pareja, amante, ni nada por el estilo. Simplemente quedábamos en su casa para charlar y ver películas.

Una de esas tardes, tras ver una peli bastante mala, nos entró un calentón y, como ninguno de los dos tenía pareja, dimos rienda suelta a lo que acabó siendo un polvo mediocre. Todo era mediocre con Ramiro.

Y aquí es cuando la cosa se pone interesante: a los pocos días, recibí un mensaje anónimo por una red social que me instaba a dejar de relacionarme con una persona, pero no me decían con quién en concreto. Era una chica que quería que yo dejase de hablar con una persona de mi pasado, con la que había retomado el contacto hacía poco. Se me ocurrían varias personas que cumplían ese perfil. Pero me niego a dejar de relacionarme con alguien solo por recibir amenazas, cuando yo no estaba haciendo nada malo.

Hablé con Ramiro y me dijo que era su última ex, a quien yo no conocía, y que aún se creía con derecho a controlar con quién se juntaba él, pese a no ser nada.

Salí de ahí sin querer volver a saber nada de Ramiro, porque las mujeres de su vida estaban locas. No sé si lo estaban de serie o él participaba en volverlas locas. Pero no me iba a quedar a averiguarlo.

A los meses de eso, Ramiro me volvió a contactar diciéndome que ya había logrado librarse de esa chica, que había tenido que invertir tiempo haciéndole creer que seguían siendo amigos, para que ella aprendiera a vivir sin él y lo dejara en paz. Ramiro me propuso volver a ser, aunque fuera, amigos. Porque, según él, yo le caía muy bien. Obviamente rechacé eso, no vaya a ser que acabe volviéndome loca yo.