[Texto reescrito por una colaboradora a partir de un testimonio real]
Esto podría parecer muy surrealista si no fuera porque está de plena actualidad. Dicen que Shakira sospechó que Piqué se estaba tirando a otra porque alguien se terminaba su mermelada, y no eran ni ella, ni su marido ni sus hijos. Algo que parece una tontería es suficiente como para empezar a tirar del hilo. Lo suyo terminó con uno de los grandes éxitos musicales de los últimos tiempos, a los números me remito. Aunque reniegues de este género de música urbana, tú también la has escuchado y lo sabes.
A mí me pasó algo similar, así que entenderéis que haya cantado ese “Clara-mente” a pleno pulmón. No fue con comida, sino con algo más perjudicial para la salud: el tabaco. Algo bueno tenía que tener fumar, ¿no? Me faltó poder facturar tanto como la cantante, pero qué se le va a hacer.
Aquí hay algo que no cuadra
Los dos fumábamos, y lo cierto es que bastante. Tanto que casi nunca hacíamos un trayecto en el coche en el que no cayeran un pitillo o dos, por corto que fuera. El coche era suyo, pero, como los dos fumábamos, la regla era limpiar el cenicero con regularidad. Nuestros roces tuvimos a cuenta de quién lo hacía con más y menos frecuencia.
Una tarde vino a recogerme para ir a tomar algo, y yo, una vez más, comprobé que el cenicero estaba hasta los topes. No es que me molestara el olor, pero sé que no es higiénico ni agradable para una persona no fumadora que tenga que montarse en el coche.
Le pregunté que si ya tenía otra vez el cenicero lleno, que ayer mismo no había tantas colillas, y me quedé mirando el recipiente, distraída. Él me contestó algo en tono despreocupado, que ni recuerdo, pero algo llamó mi atención: los dos fumábamos una marca, pero allí había colillas de otra diferente.
Cogí una, se la puse a la altura de los ojos mientras conducía y le pregunté: “¿Quién se ha subido aquí que fume esta marca?”. Lo vi dudar unos instantes, diría que hasta se puso nervioso. Pero estuvo rápido y me dijo el nombre de un amigo al que, casualmente, hacía tiempo que no veía.

Yo sabía que aquel fumaba, aunque no recordaba la marca, así que no le di importancia. De hecho, me interesé por cómo le iba, estuvimos hablando de él y me olvidé. Viendo que me lo creía, hasta se animó y me dio detalles que apoyaran su historia: que se lo encontró andando, se paró y lo acercó a su casa, que su novia se había llevado el coche a trabajar, él había tenido que salir a por un par de cosas y ya aprovecharon para ponerse al día.
Pero, ¡ay, amigas! Cuando la vida te quiere decir algo, no deja de enviarte señales hasta que lo veas claro. Que no lo quieras ver ya es otra cosa, pero lo más frecuente es que se presenten pistas que te gritan la verdad.
Varios meses llevaba yo sin ver a su amigo fumador que, presuntamente, se montó en el coche con él y se fumó unos pitis aquel día. Pues, un par de semanas después de que mi novio me narrara su encuentro casual con él, voy y me lo encuentro en el súper con su novia. Los saludé y hablamos un rato. Mi novio ni siquiera tuvo el cuidado de advertir a su amigo, supongo que para no sentir vergüenza de confesar los cuernos o la pereza de tener que inventarse otra movida. Así que, cuando dejo caer algún comentario sobre su encuentro, se queda extrañado.
Me dijo que no, que hacía meses que no lo veía, que la vida, que las ocupaciones y blablabla. Yo me había quedado a cuadros y él lo notó. “¿No eras tú? Joder, juraría que me había dicho que eras tú”. Como ya me estaba oliendo la tostada y no quería colgarme la cruz de presunta cornuda, que esas cosas siempre dan reparo, le dije: “Bueno, pues me habré confundido”. Y él, ya al loro y dispuesto a echar un cable a su amigo, insistió en que sí, que habría sido otro.
La cuestión es que yo me pongo a dar vueltas por el súper, pero con la mente a muchos kilómetros. Llevaba una lista y no atinaba a nada, solo deambulaba por los pasillos sin rumbo concreto. En cuanto recuperé la lucidez, salí, pagué en caja y me quedé fuera esperando. A los 10 minutos, cuando yo ya estaba hecha un manojo de nervios, salieron el amigo y su chica con la compra. Me acerqué a ellos y les dije: “¿Te importaría darme un cigarro? Que justo me he quedado sin y tengo monazo”. ¿Su respuesta? Que llevaba meses sin fumar.

La pillada
Estaba clarísimo que me había mentido y que lo que intentaba ocultar debía ser gordo. Para no darle más opciones a que me mintiera, decidí que iba a actuar por mi cuenta sin preguntarle nada, así que me las ingenié para fingir normalidad la siguiente vez que nos vimos. Mi plan era quitarle el móvil en cuanto pudiera y registrarlo, claro.
No tuve que hacer muchos esfuerzos porque, aunque no teníamos costumbre de andar con los móviles del otro, los dos nos habíamos visto cientos de veces introducir el patrón. Fui al baño y me lo llevé disimuladamente, mientras él cocinaba. Y allí, tal y como me temía, estaba su chat subido de tono con una chica a la que no conocía.
Ni siquiera me esforcé un segundo en tratar de mantener la calma. Volví a la cocina y comencé a pedirle explicaciones, furiosa, y ya sin darle tiempo para que intentara inventar nada más. Le advertí una y otra vez que no lo hiciera y amenacé varias veces con irme, así que cedió y me contó la verdad.
Resultó que las colillas eran de una chica que había conocido a través del trabajo, una clienta. Habían conectado, se agregaron a Instagram, hablaron. Ella no dejaba de insistir, me dijo, así que un día quedaron y se acostaron. Pensó en pararlo mil veces y se sentía fatal, pero llevaban dos meses quedando para verse de cuando en cuando.
Lo pasé fatal con la ruptura, como os podéis imaginar. No lo esperaba para nada. Nuestra relación iba bien y él no había tenido ningún comportamiento extraño, aunque fue a posteriori cuando pude atar algunos cabos. Me pidió perdón y quiso volver. No lo hice. Sé que intentó tener algo más con la otra chica, pero no le fue bien. Y no voy a negar que me alegré por ello.
Meses después, miro atrás y siento que he conseguido dos cosas: dejar atrás a un gilipollas y el tabaco. Porque sí, logré lo que llevaba años intentando y me quité de fumar. Una transformación: todo lo tóxico fuera de mi vida.