Trabajar limpiando pisos me ha dado una visión única de la vida. No es que sea un trabajo aburrido; al contrario, está lleno de sorpresas y personajes tan raros que a veces pienso que podría escribir un libro.

Por suerte, no he tenido nunca una experiencia negativa, violenta o negligente, como muchas de mis compañeras. Pero sí que creo que, a cambio, me he encontrado con las personas más peculiares.

Os he hecho una lista de los trabajos que más me sorprendieron en su momento.

  1. El científico loco. 

Un hombre mayor, con una melena a lo Einstein y una bata que siempre estaba manchada de café, me pidió que limpiara su oficina una vez a la semana. La primera vez que la limpié, me encontré con una escena de crimen: papeles desparramados por toda la habitación (estantes incluidos), tazas de café vacías apiladas en una torre como si fuera a construir un rascacielos y, como guinda, una planta enorme muerta en un rincón. Pero muerta con moscas y todo. Podrida.

Lo peor fue encontrar un par de calcetines debajo de su escritorio. Estaban usados pero envueltos entre sí. No entendí la situación, pero tampoco entendí nada de lo que hacía. Como un día que entró de golpe, corriendo, se llevó un puñado de bolis y se fue sin decirme nada.

  1. La Hipocondríaca

Una señora mayor, a la que aún le limpio el piso cada martes, se lleva el premio a la más obsesionada con la limpieza que he conocido. Se gasta muchísimo dinero en productos de limpieza e insiste en que use los suyos “porque son mejores”. Pulveriza alcohol en su casa para matar gérmenes y cada semana tiene una pequeña obsesión, la pasada, fue desmontar y limpiar los pomos de las puertas.

Un día, me pidió que desinfectara los desinfectantes. Sí, habéis leído bien. Me tuve que poner a desinfectar botes, tapones y todo lo que tuviera que ver con la limpieza.  Además, me hace llevar mascarilla porque dice que, si no, todo lo que limpio no sirve de nada.

  1. El “artista”. 

Un pintor que vivía en un loft. Con estos trabajos nunca sabes si te vas a encontrar a un muerto de hambre o a un bohemio rico, creo que no hay término medio. Su estudio era una mezcla entre un museo y una trinchera.

Tenía cuadros a medio terminar desperdigados por la casa, infinitos botes de agua llenos de pinceles y, lo más curioso, se dejaba notas a sí mismo para inspirarse, supongo.

Una vez en la nevera me encontré un queso con moho en una bolsa, tenía un post-it que ponía: Decadencia.

En un espejo me encontré otra que ponía “esto es solo tu reflejo”, me dio mal rollo, pero me dejó pensando.

A pesar de estas cosas, era un hombre muy agradecido y me regaló un par de cuadros.

  1. La Super mami. 

Una mujer, madre de cuatro hijos, con la energía de una central nuclear. Su casa siempre está llena de juguetes, ropa y manchas que desafían todos mis conocimientos.

Yo voy de apoyo para quitarle faena, pero lo cierto es que me sorprende su capacidad de multitasking. De repente me está ayudando, que está con los niños jugando, horneando galletas o haciendo yoga en el salón.

Hasta donde sé, el padre está por las mañanas y trabaja por la tarde/noche, que es cuando vengo yo. Aun así, me parece una locura lo mucho que ella sostiene.

Un día, mientras limpiaba la cocina, uno de los hijos se acercó y me dijo que su madre podía hablar con los animales. A mi me pareció muy tierno, pero otro día, vi a su madre en el jardín manteniendo una conversación con el gato del vecino. Quizás hay más de lo que veo.

 

A veces, cuando termino mi turno y llego a casa, me río sola pensando en muchas de las cosas que me han pasado. En mi trabajo veo lo mejor y lo peor de cada casa, y eso me hace relativizar mucho algunas cosas y, por supuesto, ver que hay gente muy, pero que muy especialita.