Os creeréis que estoy loca o que se me va la pinza, pero es que me da igual, de verdad que siento que en esta casa vive más gente que solo mi familia y yo y de ese burro no me baja nadie.
Todo empezó cuando nos compramos una casa, de tres alturas y cinco habitaciones, para tener más espacio ahora que estaba embarazada de gemelos. Era la típica casa antigua, construida hacía ya casi un siglo, pero muy bien conservada. Sus antiguos dueños la habían ido arreglando y reformando con el paso de los años y la casa estaba para entrar a vivir.
Mi marido y yo estábamos emocionadísimos. Por fin habíamos conseguido la casa de nuestros sueños y a un precio muy asequible, pero ya desde la primera noche que dormimos en aquella casa supe que algo no iba bien.
Mi hijo mayor, que entonces tenía 3 años, era un niño muy tranquilo, dormía toda la noche del tirón y nunca se despertaba; pues desde la primera noche que pasamos allí se despertaba llorando inconsolablemente, venía a nuestra habitación y nos rogaba, a su padre y a mí, dormir con nosotros, algo que no había hecho nunca.
Yo creía que era algo puntual. Un cúmulo de cosas: la mudanza, mi embarazo… Algo temporal que pasaría con el tiempo, pero todo fue a peor.
Cuando nacieron los gemelos empecé a emparanoiarme. A veces, volvía a casa y me encontraba todas las luces encendidas, y yo no me las había dejado así antes de salir. O la puerta de la buhardilla abierta, y allí no había nadie. O algún grifo abierto, y yo no recordaba haberlo abierto.
Se lo comenté a mi marido y me dijo que era normal que me pasasen esas cosas porque estaba muy cansada y, seguramente, las hacía inconscientemente o se me olvidaba haberlo hecho. Pero yo no dejaba de sentirme cada vez más inquieta en mi propia casa. Ya no dormía por la noche, me quedaba despierta y no porque los niños llorasen o se despertasen, sino porque no dejaba de notar una presencia rondando por la casa.
Llegué a un punto donde yo misma pensé que me estaba volviendo loca, así que le dije a mi marido que necesitaba desestresarme un tiempo y cambiar de aires y les pedí a mis padres que nos dejasen el piso que tenían en la playa una temporada. Y, allí, todo cambió. No hubo grifos ni luces abiertas a deshoras, ni niños inconsolables y asustados. Incluso yo notaba que el ambiente estaba más tranquilo y calmado.
Convencí a mi marido para que nos quedásemos en el piso de mis padres un tiempo más y pusiéramos la casa en venta. Me negaba a volver a aquel sitio que me daba escalofríos. Él, aunque a regañadientes, al final accedió a ponerla en venta solo para que dejase de estar tan paranoica. Nos había costado la vida encontrar una casa como aquella, pero sentía que allí vivía alguien más, aparte de nosotros, y no podía volver allí.
A día de hoy, la casa recibe muchas visitas, pero nadie da el paso para comprarla. No sé si los potenciales compradores notan la misma presencia que noto yo cuando entro en ella. Yo deseo con todas mis fuerzas poder venderla para comprarnos otra cosa, aunque sea más pequeña, me da igual, pero no quiero volver allí.
Sé que pensaréis que todo es fruto del posparto, pero yo pienso que va un poco más allá y que, verdaderamente, hay energías que se quedan en las casas y hacen la vida imposible a sus inquilinos. Como en este caso.
