Situémonos: septiembre, ciudad universitaria, inicio de un nuevo curso que iba a ser mi primer año viviendo en un piso de estudiantes, con dos compañeros de clase a los que no conocía mucho.
En ocasiones, la vida te pone en situaciones en las que tienes que tirarte a la piscina sin comprobar mucho la profundidad. Irte a vivir con dos desconocidos es una de esas veces. Pero mucha gente hace verdaderos amigos en esa convivencia. Así que, de entrada, acogí el asunto con ilusión.
Antonio y Macarena eran dos compañeros de clase que tampoco se conocían mucho entre sí, así que la experiencia iba a ser nueva para todos. Pero conforme pasaban los meses, yo me daba cuenta de que me había ido a vivir con un inadaptado social y una mala persona. Para que veáis el nivel, tengo compañeros de clase convencidos de que Antonio un día va a salir en las noticias por haber matado a alguien mientras dormía. Es un tío siniestro, serio y poco hablador. Que menos mal, porque cuando habla es para hacer cosas como proponer castigos a aquellas compañeras de piso que no bajen la basura o no limpien cuando les toca. ¿Qué tenemos, cinco años? Y ¿quién te ha nombrado madre del grupo como para que te sientas con la potestad de castigar a nadie? ¿No es más normal hablar los problemas como jóvenes adultos que somos?
Y luego estaba Macarena, una persona capaz de ponerte una cucaracha viva en tu cuarto, sin saber si te dan miedo, o no, solo por el hecho de disfrutar de la posibilidad de que sí lo pases mal. Jamás he matado yo a una cucaracha con más indiferencia fingida que entonces. Y funcionó. Al ver que yo no reaccioné de ninguna manera, solo hizo aquello una vez. Pero suficiente para considerarla una psicópata. Eso, unido a que me retirase la palabra por las razones más absurdas y solo pretendiese volver a hablarme cuando se peleaba con el otro compañero, hacía de ella un amor de persona.
Pero lo más surrealista que viví con ellos fue lo de la pelusa. A ver, todos sabemos que los pisos de estudiantes no son el lugar más impoluto del planeta, ¿verdad? Yo, por mi parte, empecé fregando mis cacharros y, si alguien había dejado algo más en el fregadero, no me costaba limpiarlo todo. Eso cambió el día en el que me echaron en cara haberme olvidado de fregar la más mínima expresión de cucharilla de café. Era tan pequeña que simplemente no la había visto. Así que dejé de hacerles favores y en el piso nos comía la mierda.
En ese contexto, aproveché un fin de semana que ambos se habían vuelto a sus ciudades natales para hacer una pequeña fiesta de inauguración.
Cuando mis queridos compañeros volvieron, les conté que había estado en el piso con gente que ellos conocían de vista. Antonio me preguntó cómo iban vestidos. Es una pregunta rara. Pero como todo en él era extraño, le contesté que iban muy guapos y le describí los outfits de todos nuestros compañeros de clase, uno por uno. No mudó la expresión en ningún momento. Cara de póker absoluta. Por eso no vi venir lo que pasaría a continuación. Me preguntó, específicamente, si alguno de ellos iba vestido de color rosa. No, nadie. Y soltó la bomba: «¿ENTONCES POR QUÉ ME HE ENCONTRADO UNA PELUSA ROSA EN MI DORMITORIO?». Chico, tenemos una esterilla del baño que es rosa. «¿Y CÓMO HA LLEGADO UNA PELUSA DESDE EL BAÑO A MI CUARTO?». Si te tengo que explicar cómo se mueve una pelusa en un piso de estudiantes para que no me acuses de haber entrado en tu dormitorio sin permiso, apaga y vámonos.
En cuanto acabó el curso, me echaron. Según ellos, yo era la persona conflictiva en ese piso. Ni siquiera discutí. Hui de aquel lugar como alma que lleva el diablo. Qué casualidad que el resto de sus futuros compañeros de piso también duraron con ellos un solo curso escolar…
