Cuando supe que Mariliendre se estrenaba mis expectativas estaban por las nubes. Una serie que ponía en el centro a esa figura tan reconocible (y a menudo tan mal entendida) de la amiga del alma del colectivo LGTBIQ+ prometía emociones, risas, verdad… y sobre todo, representación. Y sí, la serie tiene momentos brillantes, un estilo visual cuidado y una protagonista TOP que se esfuerza por cargar con una historia cargada de significado. Pero algo no termina de encajar. Para mí Mariliendre es un sí… pero no.

Lo que me encantó

Tiene esa mezcla de comedia dramática, confesiones incómodas y fiesta que engancha. La estética queer, los personajes secundarios carismáticos y la banda sonora que huele a purpurina, pop y noches que acaban a las 7 de la mañana. Hay escenas que te hacen reír fuerte (no puedo con el señor gritando POLLA en misa) y otras que te pinchan el pechito, y eso siempre es bien. Además si como yo viviste ese Madrid de principios de los 2000 reconocerás hasta locales, hay escenas que puedo hasta oler jajaja

Se agradece muchísimo también que la protagonista, Blanca —que además es amiga de WLS y maravillosa—, no solo sea gorda, sino gorda de las que casi nunca se ven en pantalla. Sin pechuga, con barriga, y absolutamente preciosa. Porque sí, eso también es representación, y de la buena.

Ya hablamos hace meses del potente combo que hacen Blanca Martínez y Carlos González, y me alegra mil que repitan. Porque cuando están juntos en pantalla saltan chispas de la magnífica conexión que tienen. Realmente se te olvida que son actores y te sientes como dentro de la escena, compartiendo sofá, birra y confidencias entre amigos.

Pero…

Se nota que los Javis han metido mano —la estética, el ritmo, ese universo tan suyo—, pero también se nota que no la han escrito ellos. A veces los diálogos están demasiado manidos y suenan a cliché, algo que en La Veneno o Paquita Salas no pasaba. Lo que podría ser potente se queda en frase hueca, en frase quoteable pero sin emoción real.

Y aunque me suelen fascinar los cameos y esas referencias pop absurdas (hola, “ponte la foto de Mario Jefferson”, o que suene una canción de Fórmula Abierta de la nada), en esta serie algunas me han chirriado. No sé, hay momentos en los que parece que ciertas escenas están escritas directamente para viralizarse en TikTok más que para disfrutarse como parte de una historia coherente.

Y hablando de música… la parte musical me gusta pero me parece excesiva. Sobre todo porque las canciones no aportan nada real a la historia: son solo show. Entonces una o dos por capítulo, genial. Pero cuando ya vas por la cuarta performance, se te hace bola. Y eso en un capítulo de 30 minutos, pesa.

Entonces, ¿merece la pena?

Sí. Porque Mariliendre abre conversaciones, visibiliza realidades que muchos medios aún evitan y pone foco en relaciones afectivas que son tan potentes (o más) que las románticas. Pero también creo que se queda a medio camino. Me hubiese encantado ver más verdad, más profundidad emocional, y menos necesidad de ser cool.

¿A ti qué te ha parecido?