Hace poco salí a tomar café con un grupo de mujeres de diferentes edades con las que coincido en una actividad que hago por las tardes. Una de ellas y yo nos quedamos hablando en petit comité sobre la vida en general. Entonces me preguntó algo que yo sabía que estaba deseando preguntar, pero no se había sentido con confianza suficiente hasta el momento:

—¿Y vosotros no queréis ser padres?

Yo le dije que no, que no era una experiencia que deseara vivir, pero, aparte, no me consideraba capacitada ni por salud mental ni por condiciones materiales. En momentos como este, lo que más suelo escuchar es el típico “Anda ya, ¡mujer!” y la retahíla de contraargumentos para rebatir los míos y animarme (por encima de todos, el de que tener hijos es lo más hermoso del mundo). Sin embargo, lo que me dijo esta mujer me sorprendió por lo común frecuente, al menos, en lo que he vivido hasta el momento.

—Y es verdad, hija, muy pronto van a pedir exámenes hasta para tener un perro, pero hijos tiene cualquiera —comenzó.

A aquella reunión se le acopló su nieta preadolescente, aburrida como una ostra, mirando el móvil y preguntando continuamente que cuándo se marcharían para meter presión, a pesar de que la mujer lo estaba pasando bien.

Entre dientes y asegurándose de que la chiquilla estaba lo bastante lejos, se abrió conmigo:

—Yo a mis hijos los adoro, no hace falta decirlo, pero te digo la verdad: si volviera atrás, no los tendría. Podría haber sido igual de feliz sin tenerlos. Porque ahora pasa que, una vez que los tienes criados, te traen a los nietos. Ahora que podría estar yo a gusto y tranquila, vuelta a empezar.

Por dar contexto, esta mujer tiene siempre muchísimas ganas de salir y entrar, de pasarlo bien, tanto con su marido como con amigas.

No creo que la cuestión se pudiera resolver fácilmente con negarse a hacer de niñera cuando a sus hijos les convenga. Lo primero, no debe de ser nada fácil decir que no a algunas personas cercanas, ni todo el mundo tiene esa habilidad igual de desarrollada. Lo segundo es que aquel día fue la chiquilla la que se presentó allí de motu proprio y, si ya debe de ser difícil decirle que no a los hijos, más aún a los nietos.

Poco se habla de las abuelas “forzadas” a serlo.

A las que les endosan a nietos todas las tardes porque se las presume encantadas con la tarea, como mi suegra, que tiene el cuadrante de turnos ajustado según el de mi cuñada para poder quedarse con su nieta por las tardes (porque con el del marido es imposible cuadrar, curioso).

A las que, sabiendo que prefieren no quedarse con ellos, se los endosan igual “Mamá, es un momentito, el tiempo de ir al súper”.

A las que son utilizadas por nietos ya creciditos, que saben perfectamente que ellas no les ponen los límites que les ponen sus padres.

A las que se critica directa o indirectamente por negarse a la tarea. Desde acusarlas de egoístas a lo que dicen algunas de mis amigas de sus madres o suegras: “Pues vale, que no se quede si no quiere, pero luego que no se queje si tiene más vínculo o quiere estar más tiempo con su otra abuela”.

Y en el polo opuesto están otras como mi madre, que se tiene que conformar con migajas para poder estar con su nieto. Qué mal repartido está el mundo.

Valoro la honestidad de la mujer porque, como digo, ese tipo de testimonios a viva voz y en primera persona no son nada frecuentes. Muchas mujeres temen que su entorno crea que no quiere a sus hijos, o que está arrepentida, cuando ni siquiera es eso. En otros casos, simplemente, creen que esa “confesión” implica asumir un desacierto (si se puede llamar así) a la hora de tomar elecciones vitales importantes. Y, por orgullo y por ego, nos cuesta reconocerlo.

Afortunadamente, poco a poco hay más comprensión. La empatía entre mujeres, sobre todo, anima a cada vez más personas a abrirse con su experiencia de la maternidad. Y ahora, además, con la de la “abuelidad”.