Por aquel entonces, cuando apenas contaba catorce años, cualquiera me hubiera considerado una chica de lo más normal y, al menos hasta entonces, había conseguido pasar totalmente desapercibida. Me gustaba ir a mi bola, con mis amigas y mi música, sin meterme con nadie ni destacar sobre el resto, ya que la timidez siempre había sido un rasgo muy propio de mi personalidad. A pesar de ser una persona bastante vergonzosa, me llevaba bien con todo el mundo, incluso con el típico grupito de malotes oficiales del instituto. No éramos amigos, ni mucho menos, pero había cierto equilibrio en aquel ecosistema y digamos que todos vivíamos y dejábamos vivir.

Hasta que un día llegó un chico nuevo y todo cambió. Le habían expulsado de su anterior instituto y no tardó en hacerse dueño y señor del cotarro. Le hacía la vida imposible a cualquiera que se cruzara en su camino, se peleaba con todo el mundo, agredía a los profesores… una auténtica joya. Al principio, yo tuve la suerte de ser invisible ante sus ojos. Pero, sin querer, dejé de serlo.

Todo empezó una mañana en la cafetería, cuando sin darme cuenta me colé delante de él para pedir un bocadillo. Cuando me percaté, me disculpé deseando que me tragase la tierra, cruzando los dedos para que no me cruzase la cara o algo similar. En lugar de enfadarse, me miró de arriba abajo, sonrió y me dijo muy tranquilo que no pasaba nada.

Salí de allí despavorida junto a mis amigas, pensando que todo quedaría en un susto, pero nada más lejos de la realidad. Desde entonces, empezó a perseguirme por los pasillos. Todos los días, cada vez que salía de clase para ir al servicio o al recreo, me lo encontraba en la puerta buscándome, sonriéndome y diciéndome las peores obscenidades que os podáis imaginar mientras caminaba detrás de mí, tan cerca que su nariz casi rozaba mi pelo.

Un día se coló en mi clase y se sentó a mi lado. Recuerdo que en aquel momento me quedé petrificada, no me atrevía a levantar la vista de mi cuaderno. Él me miraba sin dejar de sonreír y de decirme barbaridades mientras me ponía la mano en la pierna y yo fingía que no estaba llorando. Cuando mi profesor se dio cuenta, le echó, pero nadie dijo nada.

Después de aquel día, mis amigas me convencieron para que avisara al jefe de estudios de lo que estaba pasando. Y sí, sucedió exactamente lo que todas estáis pensando: absolutamente nada. Este tipo continuó acosándome, persiguiéndome incluso hasta la puerta de mi casa, metiéndome el miedo en el cuerpo, tocándome el culo, acariciándome el pelo cuando nos cruzábamos, hasta que un día, sin comerlo ni beberlo, desapareció.

Poco después supimos que había dejado los estudios para ponerse a trabajar. Y entonces, solo entonces, pude respirar aliviada. Gracias al cielo, todo volvió a la normalidad y pensé que nunca más tendría que volver a verle. Pero lo que no sabía es que estaba muy, pero que muy equivocada al respecto.

Bastantes años después, mi amiga Vicky empezó a salir con un tío. Ninguna de nosotras le conocía, pero ella estaba enamoradísima y contaba maravillas de aquel chico que, aseguraba, era el hombre perfecto. De repente, nuestra amiga no tenía otro tema de conversación que no fuera Rubén.

Fue tal la curiosidad que nos generó de tanto oír hablar de él sin parar que organizamos una cena para conocerle y darle el visto bueno. Aquella noche estábamos impacientes por ponerle cara al nuevo y flamante novio de mi amiga y cuando este llegó, todas se levantaron de sus sillas para saludarle. Yo me quedé en el sitio, no porque fuera una maleducada, sino porque de repente volví a verme en aquella clase, muerta de miedo, llorando. Aquel tío era el mismo que me acosó durante casi un curso entero hacía años.

No sé si de primeras él no me reconoció o se hizo el loco, pero vino hasta mí y se me presentó la mar de simpático. No me lo podía creer. Yo ya no era una niña asustada y no me daba la gana revivir todo aquello, mirar hacia otro lado como si nada. Ya era una mujer hecha y derecha.

Minutos después, hechas las presentaciones y en medio de aquel teatrillo, le pregunté si no se acordaba de mí. Todas me miraron con curiosidad mientras él se excusaba diciendo que mi cara le sonaba, pero que no terminaba de ubicarme. Fue entonces cuando le recordé que yo era aquella chica a la que había estado persiguiendo, acosando y haciendo llorar en el instituto, y que a mí su cara no se me había olvidado en absoluto.

El tipo se quedó blanco. Me dijo que lo sentía mucho, que no me recordaba, que me habría equivocado.

No solo había sido un cerdo cuando era un chaval, sino que además se había convertido en un cobarde incapaz de reconocer sus errores. Le dije que sabía su nombre, sus apellidos, a qué institutos había ido e incluso dónde vivían sus padres. Por lo que sea, empezó a recobrar la memoria.

Me dijo que aquello fue hace mucho tiempo, que si hizo “algo que me hubiera podido hacer sentir mal” me pedía perdón, pero que no creía que “fuese para tanto, porque eran cosas de niños”.

Cogí mis cosas y me largué del restaurante. De camino al coche, mi amiga Vicky vino corriendo detrás de mí para preguntarme qué había pasado exactamente durante aquel curso. Le conté todo lo que su novio me había dicho y hecho y le avisé de que, aunque todo aquello estaba más que superado, volver a verle me había removido muchas cosas.

Mi amiga cortó con él aquella misma noche. No solo por todo lo que le conté, sino por el hecho de que aún después de tanto tiempo, él creía no haber hecho nada malo. Por suerte, no hemos vuelto a verle más y ojalá que así sea de una vez por todas.

Solo espero que mi yo de catorce o quince años pueda sentirse orgullosa de que, aunque tarde, hayamos sido capaces de plantarle cara.

Envía tus movidas a [email protected]