A veces cometemos errores que nos marcan a lo largo de nuestra vida. En mi caso, a los dieciocho años, cometí uno de esos que son imposibles de borrar.
Había pasado mi adolescencia suspirando por el novio de mi hermana mayor. Yo tenía quince años cuando le trajo a casa por primera vez, y ellos veinte y veintiuno, se habían conocido en la universidad. Yo, como buena adolescente que cada fin de semana se veía unas pocas de comedias románticas, entre semana pintaba en mis cuadernos corazones con su nombre en clase.
Un par de años después, tuvimos drama en casa: mi hermana y él lo habían dejado. Mejor dicho, él había dejado a mi hermana. Ella lo pasó fatal, estuvo deprimida durante varios meses, pero al final lo superó. Y yo… pues de vez en cuando veía lo que hacía por redes sociales, porque ya no le veía en persona, lógicamente. El mítico Tuenti era mi portal a su vida. Sabía que sería mi amor platónico de adolescencia para siempre, porque jamás tendría nada con él, especialmente por ser el ex de mi hermana. Pero aún así, me seguía gustando muchísimo y se me caía la baba cuando subía alguna foto.
Fue en la fiesta post selectividad, celebrando además mi 18 cumpleaños, que había caído en plenos exámenes, así que habíamos salido todos de discoteca. Y allí estaba yo bailando con mis compañeros de clase cuando le vi de camino a la barra del local. Mis ojos se abrieron como platos y, desinhibida por las copas que ya me había tomado, fui directa a él.

Se sorprendió al verme y me dio un abrazo enorme, hacía un año que no nos veíamos y me temblaban hasta las pestañas. Charlamos brevemente y después volví con mi grupo. Tenía la adrenalina por las nubes y estaba deseando contárselo a mi mejor amiga. Qué broche para recordar la noche, pensé. Pero aquello no quedó ahí.
Su grupo y el mío estaban cerca, y de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y nos sonreíamos. A veces le pillaba mirándome de una manera que me despertaba curiosidad. Incluso se me acercó un par de veces para bailar conmigo. Estaba flipando y me moría por el, pero por mucho que me gustase seguía siendo el ex de mi hermana, tal y como le dije a mis amigas mientras me insistían en que le entrase. No podía ser y punto.
A las 4 de la madrugada salí a la terraza a tomar el aire y justo después apareció él. Y las dos siguientes horas nos las pasamos ahí fuera, charlando sin parar. Me lo pasé como nunca, me sentía en las nubes. Pasado ese tiempo, me ofreció acercarme a casa en su coche, y yo, que estaba viviendo la noche de mi vida y que cada vez me acordaba menos de mi hermana, le dije que sí. Nada más meternos en el coche, nuestras bocas se buscaron y pasó lo que nunca debió pasar.

Al principio intenté racionalizarlo. “Es solo un momento, voy a parar, voy a parar…”, me decía a mí misma mientras nuestras manos acariciaban nuestros cuerpos y nuestras lenguas se rozaban. Pero el deseo era más fuerte que cualquier argumento racional, mi cabeza había dejado de mandar y las ganas tomaron el control. Todo explotó en un instante y se me escapó de las manos, y antes de darme cuenta, estábamos juntos, entrelazados, enredados. Él estaba dentro de mí y yo me abandoné al placer.
Pero el placer no duró eternamente y, en cuanto se acabó, llegó la culpa. Cada beso y cada caricia que antes me parecían excitantes, ahora estaban teñidos de vergüenza y culpabilidad. Había traicionado a alguien a quien amaba, a mi propia hermana. La adrenalina empezó a mezclarse con el miedo: miedo a que se enterara, miedo a que esto cambiase nuestras vidas o nuestra relación, miedo a perderla, miedo a la reacción de mis padres. Seguro que nunca podría perdonármelo. Les iba a decepcionar a todos.
Me dejó en casa y me encerré en mi cuarto a llorar. ¿Cómo había podido hacerle eso? Él me había prometido que jamás se lo diría a nadie, pero el miedo me encogía el estómago. Al día siguiente no podía ni mirarla a la cara, me moría de la vergüenza. Me quedé en mi habitación casi todo el día alegando que tenía una resaca tremenda, pero esa excusa no duraría para siempre. De todos modos, la bomba no tardó en estallar.
Mi hermana se enteró y no fue por mí, evidentemente, yo era demasiado cobarde como para confesar. Ver su expresión de dolor cuando vino a decirme que sabía la verdad fue un golpe que todavía me duele recordar: tristeza, decepción, traición. No hubo gritos, solo un silencio tenso, cargado y doloroso que nos envolvía a todos. Habría sido mejor que me gritase, que diese portazos, algo que mostrase rabia. Pero esa expresión y ese silencio… Me partieron en dos. Mis padres estaban dolidos conmigo y muy decepcionados también. Tardamos meses en recuperar cierta normalidad en casa, al menos yo tardé meses en sentir que volvía a ser parte de la familia, en sentirme con derecho a serlo. Y me lo merecía, la había cagado pero bien.

Hay líneas que no deben cruzarse y yo lo aprendí por las malas. Quiero pensar que esa experiencia me enseñó a mantener mis valores con más fuerza el resto de mi vida, sin dejar que el deseo, el placer o el capricho nublen tanto mi razón como para dañar a las personas a las que quiero. Creo que nunca podré perdonarme el daño que le hice a mi hermana, por mucho que ella ya lo haya hecho.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.