No voy a decir que sea habitual, ni siquiera espero que sea comprensible. Simplemente fue algo que se veía venir desde críos y acabó pasando, ya.
Mi primo era un niño que los mayores llamaban “rarito” porque le encantaba la informática y leer de todo. Se tragaba los documentales antes que el Barrio Sésamo, todo lo que fuese Historia Natural lo adoraba, sabía de serpientes y células como otros chicos de jugadores de fútbol, además de que le encantaban las artes marciales y el kárate. A mí, que siempre me ha encantado leer, no me parecía rarito en absoluto, más bien me parecía mi alma gemela. Nos llevábamos apenas un año y siempre estábamos juntos. Antes de llegar a los diez años, ya decíamos a escondidas que éramos novios y jugábamos a besarnos.
Los mejores testimonios en whatsapp
Al llegar la adolescencia, pues aquello se hizo un poco menos inocente. Años de kárate y deporte le pusieron un cuerpo más que apetecible y yo me lo comía con los ojos, pero en ese aspecto los dos éramos igual de avispados y sabíamos disimular y escondernos para darnos achuchones en las quedadas familiares. Y sí, si vais a preguntarlo, también dormíamos juntos y aunque nunca “pasó” nada, sucedían muchas cosas y nunca nos dormíamos antes de la madrugada.
Debido a una disputa familiar, el contacto se cortó durante años. Para nosotros, en plena edad del pavo, fue desolador. Iniciamos una relación epistolar (oigh, qué bonito queda decirlo así, tan dieciochesco) porque entonces los móviles aún eran cosa del futuro hasta que nuestras familias respectivas nos pescaron y lo prohibieron. Cabe decir que las cartas eran de un contenido que hubiese podido freír churros y eso no le gustó a sus padres, pero a los míos, MENOS. Yo tenía entonces dieciséis años y mi madre creía que era más inocente que un caramelo. Enterarse de que yo hablaba abiertamente de magreos con un familiar de sangre, pues no le sentó muy bien. Estuve castigada todo un año y a partir de ahí, si me veía hablando con un chico ya pensaba que iba a ser su yerno y no dejaba de repetirme que casarse joven era un error, que tener un hijo joven era cargarse la vida, que ya tendría tiempo más adelante para ir con chicos… Vamos, que me ponía la cabeza como un bombo y en realidad daba igual, porque yo siempre hacía lo que me daba la gana.
Pasaron los años. Y la magia de las redes sociales hizo que volviésemos a encontrarnos. Entonces él estaba divorciado y yo había salido de una relación larga que me dejó bastante hundida. Hablamos y, medio en broma-medio en serio, salió el tema de nuestra relación de niños. La conversación se calentó, y yo en un principio dije que no, que aquello había sido un error entonces pero ya no éramos criaturas para volverlo a cometer, y él me contestó -acertadamente- que no hay mayor error que el que no te dejas cometer. No me costó reconocer el morbo que me daba en ese momento, lo que me extrañó fue darme cuenta de que ya lo había sentido siendo una cría. Acepté. Jesús, ahora se había puesto todavía más bueno.
Y durante un par de años estuvimos quedando nada más que para darnos alegrías al cuerpo y poco más. Puedo decir que fue sin duda uno de los amantes más burros que he tenido, pero así, un auténtico bestia. Nada de “apasionado”, ni de… no. Un pedazo de animal y punto. Pero también vamos a decir que a mí, que venía de una relación malsana y que me había dejado hecha una bayeta, me pareció un manjar de dioses. Y así seguimos hasta que conocí a una persona muy especial y cortamos de mutuo acuerdo con dos besitos, como primos hermanos que somos.
¿Fue incesto? Claro que sí. ¿Fue fabuloso? También. No me avergüenzo, es más me enorgullezco de haberle dado a mi cuerpo lo que ambos queríamos desde niños. No hicimos daño a nadie y nos dimos un placer inmenso, no veo ningún mal en ello.
Delice