Conocí a Pedro por internet en una de esas apps de citas de las que todas conocemos el nombre. La verdad es que me metí sin mucha esperanza, más por diversión que por otra cosa y desde el primer momento tuvimos feeling, comenzamos a hablar a todas horas y a los seis meses ya estábamos viviendo juntos. Muchos decían que era una locura, pero los dos habíamos tenido relaciones largas anteriormente y sabíamos lo que queríamos y, sobre todo, lo que no queríamos.
Desde entonces hasta ahora, han pasado dos años, muy buenos. Hemos tenido discusiones y altibajos como en todas las relaciones, pero en general, han sido dos años muy buenos.
En el tema económico, también nos hemos entendido desde el principio. Ambos tenemos buenos sueldos que nos permiten mantener nuestros hobbies y nuestros caprichos, los viajes y además, ahorrar. Como no queríamos renunciar a nada de eso ni hacernos reproches el uno al otro en cuanto a lo que gastábamos, decidimos mantener cada uno nuestras cuentas independientes y abrir una cuenta conjunta para los gastos de la casa y sus derivados.
Este sistema nos ha funcionado muy bien. Yo gasto de mi cuenta lo que me da la gana y él hace lo mismo con la suya y, además, ambos administramos la cuenta conjunta; metemos más dinero cuando vemos que estamos un poco pelados y, aunque no conseguimos ahorrar, siempre tenemos dinero suficiente para cubrir los gastos que tenemos.
Hace un par de meses, Pedro empezó a jugar online. Alguno de sus amigos ya llevaban tiempo jugando y él se aficionó. Empezó también a comprar diferentes gadgets y dispositivos para jugar: un asiento, una pantalla, unas gafas 3D, un ordenador nuevo, etc. La verdad que yo no le di mucha importancia, eran sus caprichos y los estaba pagando con su dinero y, aunque a mí me parecía un dineral, no dije ni mú.
El problema vino un día cuando me pidió dinero para comprarse la expansión nueva de un juego que salía a la venta al día siguiente. Pensé que se trataba de una broma y le pregunté que si no tenía dinero en su cuenta para pagar eso ya que no llegaba a los cien euros. Me dijo que no, que estábamos a mediados de mes y que hasta que no cobrara que estaba un poco mal de dinero. Me quedé un poco loca con aquella confesión, es verdad que cada uno gestionábamos nuestro dinero y que habíamos quedado en no reprocharnos nada mientras no interfiriera en los gastos comunes, pero que con el sueldo que tenía no tuviera nada ahorrado… Decidí no darle mucha importancia y, aunque me senté con él a hablar un poco de lo importante de ahorrar por lo que pudiera pasar, al final acabé dejándole el dinero.
No pasaron más de dos meses cuando volvió a pedirme más, esta vez con la excusa de poder comprarse unos cascos nuevos que aislasen el ruido y no sé cuántas cosas más. Le dije que no, que no creía que aquello fuera una necesidad y que, además me debía los noventa euros de la vez anterior.
Se puso hecho una furia, me llamó egoísta y dijo que no entendía lo importante que era para él tener un buen equipo para seguir jugando al nivel que estaba consiguiendo. La bronca fue monumental y aquel día dormimos separados. No volvimos a hablar del tema, aunque a los pocos días apareció con los cascos nuevos.
El caso es que yo estaba un poco mosqueada y no sé por qué me dio por revisar una pequeña hucha que tengo en casa en la que suelo tener dinero en efectivo para los por si acaso. Pues cuál fue mi sorpresa cuando voy a abrirla y la encuentro vacía cuando yo sabía perfectamente que la última vez que la había abierto tenía dinero de sobra.
Cuando fui a pedirle explicaciones no solo no me lo negó si no que dijo que lo haría las veces que lo necesitase, que si no se lo dejaba por las buenas, ya sabía dónde encontrar dinero. No entendía que aquel dinero era mío y que no podía disponer de él a su antojo.
Os podéis imaginar mi cara, mi disgusto y mi decepción, pero, gracias a aquello, me di cuenta de que tenía que salir corriendo de allí y me libré de un niñato y un egoísta de mucho cuidado.
Eleanor Rigo
