Qué duro es cuando a una pareja se le acaba el amor, pero solo por una de las partes. Yo estaba enamoradísima de mi marido cuando él empezó a portarse de forma extraña. Estaba siempre cansado, desanimado, sin ganas de nada. Llegué a pedirle e insistirle en que fuese al médico, porque no me parecía normal el estado de agotamiento con el que se levantaba ya cada mañana. Sufría molestias estomacales, adelgazó y, en general, estaba mal, aunque se limitaba a achacarlo al estrés. Yo creía que estaba entrando (por no decir que estaba ya dentro de lleno) en una depresión. No me lo podía creer cuando nos sentamos a hablar y me dijo que quería separarse.
Llevaba semanas mal, apático. Pero no era consciente de que se encontrara tan lejos de mí. No lo entendía. No nos había pasado nada. Ni siquiera discutíamos ni teníamos ninguna fricción. Me dijo que no era mi culpa, que no se trataba de nada que hubiera hecho yo. Dijo que era por él. Por lo visto, había cambiado y no estaba bien conmigo.

Yo no podía retenerlo, de modo que no me resistí ni hice nada para evitar que empacara sus cosas y se marchara de casa un par de días después. Tampoco le insistí cuando me dijo que prefería que no mantuviéramos el contacto. Me quedé destrozada y resignada, preguntándome qué nos había pasado. ¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿Qué era tan grave como para dejar años de relación atrás y volverse a su ciudad como si nunca hubiéramos estado juntos?
Porque no solo me dejó a mí, sino que dejó a sus amigos e incluso su trabajo. Así, casi de un día para el otro. Y yo no entendía nada.
No lo entendí hasta que la casualidad hizo que me lo encontrara una mañana en la que tuve que salir de la oficina a hacer unas visitas y él venía de hacer unos trámites burocráticos. Estaba aún más delgado, demacrado y… había perdido todo el pelo y el vello del cuerpo. Ese día supe que me dejó cuando se enteró de que tenía cáncer.

No se había desenamorado de mí ni le había pasado nada a nuestra relación. Se fue porque no quería hacerme pasar por el trago. Quiso enfrentarse solo a la enfermedad y al tratamiento. Se aisló de todo y de todos y se centró en su recuperación. No quería ser una carga ni tampoco vivir rodeado de personas que sintieran lástima por él.
Se me hizo muy duro comprender sus motivaciones. No lo entendí del todo hasta que mi propia psicóloga me explicó que es un comportamiento relativamente habitual en los hombres. Tras un primer momento delicado y en el que no supimos cómo reaccionar, ambos optamos por ponerlo todo de nuestra parte. Yo me obligué a no juzgarlo. Él se obligó a dejarme estar a su lado.
Volvió a casa conmigo y me permitió cuidarlo y apoyarlo durante los meses que le quedaban de quimio. A día de hoy todavía no está dado de alta, pero estamos juntos, unidos, fuertes y muy esperanzados tras los últimos resultados de sus pruebas.
Anónimo
Envíanos tu historia a [email protected]