Nunca pensé que esto pudiera ser así. Saber que tengo dislexia me cambió la vida a mejor, en todos los sentidos.

Como podréis imaginar, de niña mi experiencia escolar no fue buena, mejor dicho, fue muy mala. No tanto por las notas, que no eran brillantes pero aprobaba, como por el hecho de que yo no podía comprender por qué algo que aparentemente había entendido luego no era capaz de hacerlo bien. O como, por ejemplo, era incapaz de aprenderme la tabla de multiplicar, teniendo buena memoria, o escribir correctamente palabras.

A medida que pasaba el tiempo, aumentaban las dificultades y tenía que multiplicar mis esfuerzos a lo bestia para llegar a un miserable 5 (incluso muchas veces 4 ó 3). Esto me generó una gran frustración, pero que ni era comparable con el dolor por lo que tenía que escuchar por parte de mis profesores, padres o, incluso, compañeros. Me hacían sentir “la tontita” de clase.

Que si es que no te fijas, que no te esfuerzas lo suficiente, que esto es facilísimo y en 5 minutos está hecho… Que sí, que sí… y una mierda. Las gomas se gastaban rapidísimo de borrar tantos errores y mi autoestima había desaparecido. Había asumido mi rol: la que no es capaz, la que no llegará a nada… Y claro, acabó pasando lo que tenía que pasar: la frustración tomó el mando, se unió con la adolescencia y me convertí en la niña rebelde que pasaba de todo, que se juntó con quien menos le convenía, pero en los que encontró un espejo en el que mirarse.

Con esta nueva coraza por bandera me sentía un poco más segura (bueno, en realidad un poco más escondida del mundo). Las notas fueron a peor y mi esfuerzo para los estudios desapareció por completo, centrándose solo en mi nueva imagen de “todo me importa una puta mierda”.

Pero, a veces, resulta que el destino se empeña en llevarte a un lugar aunque tú no quieras ir y pongas todo de tu parte para no llegar. En el instituto una profe se fijó en mí, por alguna razón que aún no he llegado a entender. Me tendió una mano y luego un brazo y luego un abrazo. Sin reproches. En mi caso, me salvó. Con mucho esfuerzo y muchos lloros conseguí ponerme a flote.

Muchos años después, hace unos días, en una revisión de empresa la psicóloga me preguntó si era disléxica y me animó a hacerme las pruebas. El resultado ya lo sabéis: disléxica de manual.

Me explicó las dificultades por las que pasó (y pasa) mi cerebro para hacer según qué cosas que para el resto de personas son muy sencillas y para mí un mundo de difíciles. Me explicó también el mérito que tienen todos los logros que, con mucho sufrimiento, poca comprensión y sin ayuda, conseguí.

Por primera vez en toda mi vida, tiene nombre lo que me pasa. Me siento poco menos que un personaje de Marvel. Yo solita fui capaz de superar mis dificultades sin ayuda. Y comprendí que no era menos que nadie, ni más. Pero que era una luchadora y que soy fuerte.

Ese día, el que me entregó el informe en el que aparece mi diagnóstico, fui a celebrarlo y al brindar por mi dislexia no pude evitar que se me escapara una lagrimilla como en los viejos tiempos; pero esta vez era de alegría y no de desesperación.

Espero que mi historia le pueda servir de ayuda a alguien, porque visto desde el lugar en el que estoy ahora es eso: una historia de superación. Pero visto desde el día a día de un chaval que no entiende lo que le pasa, es desesperante y frustrante, y mucho más ahora que vivimos en los tiempos de “la imposición de la perfección”.

Lucía R.C.