El trabajo de ventas siempre me ha gustado porque es muy dinámico, exige pero también da, te obliga a mantenerte despierta y actualizada, hace que las horas se pasen volando y, con frecuencia, te hace trabajar en equipo, luchando por todos y no solo para uno mismo. Esa es la teoría, al menos. En la práctica, si te encuentras en un equipo de buitres, el “remar todos en la misma dirección” se puede convertir en “sálvese el que pueda y mierda el último”.
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En cierta compañía de seguros era así. Se suponía que estabas en un equipo y se comisionaba por las ventas propias y por las ventas grupales si llegábamos todos, así que convenía que llegásemos todos. De modo que lo que hacíamos era que, cuando llegaban los últimos días de mes, aquellos que llevábamos más ventas o que directamente habíamos llegado al objetivo, pasábamos contactos a los compañeros que llevaban menos para que los llamasen y cerrar ellos la póliza. Hasta ahí, todo correcto y colaborativo. Pero una cosa era ceder un contacto y otra muy distinta, que te lo quitasen.
El caso es que fui a llamar a un contacto de mi agenda y cuál no sería mi sorpresa que el hombre me dice que “ya le ha llamado mi compañera, que le dijo que llamaba de mi parte y ha cerrado póliza con ella”. Claro, comprobé quién había sido; era una chica que llevaba poco tiempo, y antes de ir con el cuento al coordinador se lo pregunté a ella: “¿Tú has llamado a este hombre?”. Según ella no, no, no, ella jamás. Había sido él quien había llamado y le había dicho que quería contratar de inmediato y yo estaba con llamada y no pude, así que lo cerró ella. “¿Y cómo no me lo dices en el momento, y así no le vuelvo a llamar?”. Ahí ya empezó a titubear. Que no se le ocurrió, que le entró otra, que lo olvidó… Si me hubiera dicho “es que me hacía falta para llegar al tramo”, pues todavía me hubiera callado ante la cerdada, pero encima pretenderme tomar por gilipollas, eso no. Así que miré el registro y, en efecto, NO HABÍA LLAMADO ÉL, había llamado ella.
Pregunté a los compañeros y uno me confirmó: “Ah, sí, yo la vi el otro día, cuando te bajaste al desayuno, que cogió tu agenda y la miró. Como lo hizo delante de todos, pensé que tú la habrías dejado, por eso no dije nada”. Ya fui al coordinador. ¿Y cuál fue su respuesta? “Ah, no le des importancia, son ventas que van al objetivo grupal. Y la chica está aprendiendo, no le busques un bollo a la pobre, que NO DECEPCIONE A SU PADRE”. ¿Qué? Sí. Su padre era uno de los supervisores. Al parecer estaba harto de que la niña comiera la sopa boba y la había enchufado en la empresa. Claro, esto era un secreto a voces, porque una de las normas de la empresa era que eso de recomendar a familiares no estaba bien visto (no lo estaba si eras agente, claro. Si eras supervisor, no pasaba nada).
Ah, así que había que tener paciencia con la pobre niñita y dejar que nos ROBASE las ventas a los demás, no fuese que se enfadase su papá. Claro. Bueno, pues como había que ayudarla, yo estaba dispuesta. Me senté a su lado a partir del día siguiente. Y cada vez que la oía decir una burrada estilo que tenía tal cosa cubierta cuando no lo estaba, o cuando se inventaba la cuantía de las coberturas, o cuando se saltaba las exclusiones (algo que sucedía muchas veces al día), yo le decía en voz alta y sin cortarme un pelo: “NO LE DIGAS QUE TIENE TAL COSA, QUE NO ES VERDAD. EXPLÍCALE QUE LOS DAÑOS POR AGUA TIENEN FRANQUICIA, ¿SE LO HAS DICHOOO? NOOO, EN ESE PRECIO LAS LUNAS NO ESTÁN CUBIERTAS PARA SUSTITUCIÓN, SÓLO PARA ARREGLO”. Claro, los clientes me oían, ya no se fiaban de lo que ella les decía —y hacían bien— y no querían contratarle nada.
Al tercer día se quejó al cordi de que yo le reventaba a propósito las ventas y yo dije que solo intentaba ayudarla, que veía que tenía muchas lagunas en conocimiento de coberturas y que no quería que luego le vinieran reclamaciones o se le cayeran las ventas (porque las ventas chungas también nos afectaban a todos). Oyeron sus llamadas y se vio que sí, yo la corregía… pero porque ella se callaba la mitad de las cosas y la otra mitad se la inventaba. Conclusión: que la pusieron en “seguimiento” (un tipo de sanción; significaba que tenía que repetir el curso de formación, durante los cinco días que duraba no cobraba, tendría que repetir el examen, durante toda una quincena tendría a alguien escuchándole las llamadas y haría exámenes aleatorios durante un mes para ver si ahora tenía claras las coberturas. Fiscalización constante del trabajo. Muy agradable). Aparte de que yo dejé caer a un par de compañeros que no dejasen las agendas alegremente en la mesa porque, bueno, había quien se dedicaba a robar ventas.
Nunca me confrontó, aunque sé que la jodí porque su padre, lógico, se enteró de todo el asunto. Culpa suya, si me preguntáis, por enchufar a su hijita en un curro que ni quería hacer, ni demostró valer o merecer. Pero eso sí: nunca se le ocurrió volver a robarme una venta.
Delice.