Nos conocimos en Tinder, claro. Dónde si no iba yo a encontrar a un fulano que según sus propias palabras estaba buscando «una mujer de verdad, sin gilipolleces». Desde el principio fui muy clara, le dije que que estaba gorda y él, todo convencido, me soltó como cien veces eso de «a mí no me importa que seas gorda, lo importante es que seas tú». Y yo, que soy más bien confiada (o gilipollas, a veces no lo distingo), pues me lo creí.
Llega el gran día: la cita. Vamos a tomar algo, qué clásico. Yo llego, me siento, y ahí viene él. Todo bien, sonrisita, un par de comentarios sobre el tráfico, lo normal. Pedimos un par de cañas y seguimos hablando. Pero ojo, que ya desde el minuto uno noté algo raro. Porque me miraba… pero me miraba como si estuviera esperando otra cosa, como si el Photoshop del Tinder se me hubiera caído por el camino. El ambiente se puso más denso que Errejón de madrugada.
No habían pasado ni diez minutos cuando él, sin haberse acabado ni media caña, suelta un «voy al baño». Y ahí me quedé yo, con mi cerveza y con cara de tonta. Porque amigas, no volvió. Al salir del baño se escabulló entre la gente y desapareció. Y lo peor no fue eso. Lo peor fue que encima tuve que pagar yo las dos cañas, y no veas lo que duele pagarle la caña a alguien que te acaba de humillar de esa manera.
Así que aquí estoy, compartiendo esta maravillosa experiencia para que, por si alguien tenía dudas, quede claro que la gente miente. Y miente muy mal además. Si no te va lo que ves, no pasa nada, chico, pero al menos ten los cojones de acabar la caña antes de desaparecer como si te hubieran abducido los aliens. Porque no hay nada más ridículo que un tipo con tan poca personalidad que ni siquiera es capaz de decir que no quiere seguir con la cita. Y no, no es que «no le importara que fuera gorda». Claro que le importaba. Vamos, es que no me dio tiempo a hacer nada para espantarle. No hay otra opción.
Esa humillación me tocó un poco la autoestima y estuve una temporada sin citas, no os voy a engañar, pero ya he vuelto al rebaño y he conocido a gente maravillosa. Que los gilipollas no te amarguen el seguir intentándolo. Que se quede su «a mí no me importa» bien metido donde no da el sol.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]
