Parece que a veces se nos olvida cómo vivíamos antes del WhatsApp y de la inmediatez de todo. Cuesta recordar cómo creábamos las relaciones y hacíamos planes. No sé si era más sencillo o más difícil. Era diferente.
De esta historia han pasado más de quince años y todavía me pregunto si me equivoqué. En aquella época yo quería ser escritora y los blogs tenían mucho éxito. Así que me creé mi blog donde publicar mis relatos y esperar que la gente me comentara. A la vez, iba leyendo otros blogs y comentando.
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De casualidad llegué al suyo, que más que literario era un desahogo después de un fracaso sentimental. Fuimos intercambiando comentarios hasta que me escribió un correo electrónico dándome las gracias por mis palabras y dándome su otro blog, que era más tecnológico.
Empezamos a hablar por correo electrónico, sobre todo de su corazón roto y de lo mal que lo estaba pasando. A mí, a la que algunos tipos me habían tratado mal, encontrar un chico como él me reconciliaba con los hombres y con la esperanza de encontrar el amor algún día.
Solo leía sus correos cuando encendía el ordenador y, sin darme cuenta, era una ilusión saber de él. Continuamos hablando de otros temas: del trabajo, de la familia, de música, creo recordar que podíamos hablar de todo. Y lo recuerdo todo sincero; no había tonteo ni dobles juegos, nos sentíamos cómodos hablando juntos y eso hacíamos. Sin habernos escuchado nunca, sin intercambiar teléfonos, sin fotos.
No sé si en algún momento pensábamos que podríamos estar empezando una relación sentimental; yo creo que no, simplemente estábamos construyendo la base de una posible gran amistad.
A veces éramos intensos de más; a veces nos contábamos cosas que seguramente no sabían ni nuestros mejores amigos. No nos juzgábamos nunca y nos sentíamos libres para opinar, hablar, sentir.
Era raro que, viviendo en la misma ciudad, no dijéramos de vernos, pero tampoco sentíamos la necesidad; lo que teníamos era bonito sin más ambiciones ni perspectivas de nada.
Todo tiene su fin, está claro, pero en aquel momento con mi juventud y mi mundo idílico en mi cabeza, no lo veía y no veía ningún problema. Pero llegaron los problemas en forma de dos palabras. Una noche, después de unas copas de más seguramente, me escribió: «te quiero».
Lo leí por la mañana y mi cabeza cortocircuitó. Para mí era algo muy importante que decir y, por mucho cariño que le tenía, yo no lo sentía. Me asusté. Tuve miedo, no sé de qué, pero lo tuve. Quizás analicé demasiado y le di una importancia que no tenía. No lo sé.
Tardé más de lo habitual en contestar y lo hice ignorando las dos palabras y tratando de actuar como si nada. Lo notó, se disculpó, me dijo que quizás se había llevado por la emoción, que yo era alguien muy importante para él.
Después de aquello, nos fuimos distanciando poco a poco. Me temo que fue culpa mía y me sigo preguntando si me equivoqué. Aunque creo que él también puso de su parte.
Sin conocernos en persona, sin ni siquiera intercambio de fotos, solo con unos meses de intercambio de correos, me pareció que algo no iba bien con un «te quiero.» Viéndolo con la perspectiva de 2026 y con 15 años más, me parece que era una amistad más real que muchas que las que tengo y que quererse era lo más normal.
A veces pienso en escribirle y preguntarle qué tal todo. Pero otras pienso que mejor dejar el pasado donde está.