Con 19 años me metí a trabajar en una cadena de tiendas de ropa joven con intención de hacer dinero y recorrerme el mundo, esa fantasía post adolescente tan original. La cosa es que en su lugar me lié con Marcos, el encargado del almacén y me quedé embarazada.
Cuando lo descubrí sentí terror total pero a la vez me ilusionaba mucho la idea de ser madre, así que acabé cancelando mis planes de ver mundo y decidí seguir adelante. Eso sí, sabía que iba a ser un golpe duro tanto para Marcos como para mis padres, que siempre habían insistido en que no me emparejara demasiado pronto, que aprovechara los años de juventud y todo eso. Aun así, esperaba que Marcos me apoyara, pero nada más lejos de la realidad: desapareció de mi vida igual de rápido que había aparecido. No me quedaba otra que enfrentarme a mis padres yo sola. No esperaba que me hicieran la ola pero tampoco una reacción tan radical. No entendían mi decisión de seguir adelante sola, y entramos de lleno en una discusión muy fuerte y dolorosa. Mi madre me miraba como si no me conociera y mi padre, como siempre más directo, me aseguró que no me apoyaría de ninguna manera en lo que él opinaba que era una locura y un error imperdonable del que más adelante me arrepentiría seguro.
Después de casi tres semanas de silencio absoluto entre nosotros, una noche me pidieron que me fuera de casa. Fue como una pesadilla, pensaba que lo decían solo porque así pretendían disuadirme y que en el fondo no serían capaces de dejarme en la calle, pero me equivocaba. Me echaron de casa embarazada, con la maleta en una mano y el teléfono en la otra. Al menos tenía trabajo. Un par de amigas me dieron alojamiento temporal, pero el miedo a estar sola, sin pareja y sin familia, y con un bebé, me superaba. Empecé con ataques de ansiedad fortísimos y tuve que coger la baja un par de veces, cosa que empezaba a no gustar a mi jefe. Me pegaba las noches en vela, pensando si había tomado la decisión correcta, si sería yo capaz de darle a mi hijo una vida digna, y no ir de sofá en sofá, con un sueldo ínfimo, pidiendo caridad. Intenté centrarme en el trabajo, para ver si así me ampliaban el horario, y todo esto sin confesar mi embarazo y muy agobiada por que no se me notara la barriga, que empezaba a crecer, y la tensión también iba aumentando. Por fin, tuve que informar sobre mi embarazo, y enseguida noté como mis compañeras cuchicheaban a mis espaldas y desde luego, un trato muy feo del jefe cada vez que tenía una cita médica que coincidía con mi horario laboral.
Un día me llamó a su despacho para decirme a ver si estaba segura de que quería hacer las cosas así, a ver si no era mejor hacer las cosas “bien” y pensar en un futuro mejor. En otras palabras, que abortara. Me ponía mala, y cada vez me sentía más sola. Consideré la idea de cambiar de trabajo pero las posibilidades de una chica joven y embarazada no son muchas, que se diga.
Mis amigas sí se portaron muy bien, ofreciéndome cada una lo que podía: un sofá, un rinconcito en el salón, pero era una situación muy incómoda para todo el mundo, e insostenible. Y en medio de todo esto apareció quien menos me lo esperaba. Alfredo, un vecino de mis padres de toda la vida, un hombre super simpático y bonachón, me vio un día con la maleta y me preguntó. Acabé sincerándome con él y me ofreció una habitación libre que tenía en casa, y gratis, “solo tienes que aguantar a un viejo”. Me eché a llorar en su hombro y acepté, claro. Se convirtió en mi pequeño refugio. Alfredo era respetuoso, atento, y nunca hacía preguntas innecesarias. Por fin sentía tranquilidad, y eso que no era fácil cruzarme con mis padres y ver que no se reblandecían con mi situación. Dejaron de hablarle a Alfredo, pero él encajó la situación con serenidad y jamás me habló mal de ellos.
Con el avance del embarazo, fui cogiendo confianza. Las miraditas en el curro seguían, pero a mí me importaban menos. Iba a dar a luz a mi hijo y necesitaba estar fuerte por él. Alfredo me daba conversaciones amables, cenas sencillas, y algún consejo inesperado. Hizo por mí lo que no ha hecho nadie. Por fin, llegó el día del parto y fui al hospital contando con mis amigas y con Alfredo como única familia. Cuando sostuve a mi hijo en brazos, sentí que todo había merecido la pena. Volver a casa con él, rodeada del cariño de mi familia improvisada, me dio una fuerza que creía perdida. Seguía sin tener a mis padres, pero me sentía la persona más afortunada del mundo. 10 años después, vivo en mi propio piso de alquiler con mi hijo y el amor y compañía de una familia inmensa compuesta de muchos amigos, pero Aaron y yo siempre tendremos nuestro favorito: el abuelo Alfredo.
