A riesgo de sonar a historia de cliché barato, Juanmi y yo nos conocimos en el instituto con trece o catorce años y desde entonces siempre hemos sido los mejores amigos del mundo. Nadie parecía comprender aquella amistad entre dos personas del sexo opuesto sin que hubiera ningún interés erótico festivo entre los dos. Durante nuestros años de insti, fuimos inseparables y nuestra relación levantaba todo tipo de chismes a su paso. Que si estábamos liados, que si pronto lo estaríamos, que si teníamos algo en el fondo… Pero nada de eso.

Es cierto que siempre estábamos juntos, que quedábamos los dos solos la mayoría de las veces y que era habitual vernos abrazados o siendo cariñosos. Sin embargo, aquellas muestras de afecto e intimidad no iban con segundas intenciones; simplemente nos queríamos mucho, pero de un modo amistoso. O al menos por mi parte. Y es que, con el paso del tiempo y a medida que las hormonas propias de la adolescencia fueron abriéndose camino, empecé a notar que Juanmi se mostraba demasiado amoroso conmigo, que me miraba de una manera diferente. Y aquel cambio en él me ponía muy nerviosa.

Al principio me hice la tonta, tratando de obviar el hecho de que, de vez en cuando, mi mejor amigo me tiraba los trastos o me piropeaba y que ya no lo hacía en broma. Mis amigas se dieron el gusto de decirme que ya me habían avisado más de una vez de que, tarde o temprano, aquella amistad tan peculiar daría paso a algo más. Con todo, yo no sentía por Juanmi más que cariño; era mi mejor amigo y no era capaz de verle como algo más. Sin embargo, él ya no intentaba disimular que le gustaba, sino todo lo contrario, y a mí me incomodaba mucho aquella situación, aunque todo el mundo se lo tomara a cachondeo.

Lo que más temía era perder su amistad por aquella atracción que sentía por mí, así que decidí tomar cartas en el asunto y hablé con mi mejor amigo sin paños calientes. Le dije que yo no quería nada con él, que no quería que se sintiera mal, pero que me aterraba perderle como amigo por una tontería. Fue entonces cuando me confesó que no era un simple encoñamiento pasajero, sino que estaba enamorado de mí y que quería estar conmigo en serio. Cuando fui capaz de articular palabra, le dije que, por mi parte, solo podríamos ser amigos.

Después de aquella conversación, las tiradas de ficha de Juanmi fueron más sutiles y, por suerte, volvimos a retomar aquella relación del principio. Y así pasaron los años.

Pero yo no era tonta; sabía de sobra que él seguía colgado de mí, entre otras cosas porque nuestros colegas no paraban de hacer bromitas con el tema. Aun así, él respetó mi decisión y, pasado un tiempo, no volvió a surgir el tema. Durante aquella etapa yo salí con un par de chicos y Juanmi hizo de tripas corazón, intentando llevarse bien con ellos. Sin embargo, él no salía con ninguna chica, hasta que un día nos empezó a hablar de Fátima, una chica de su barrio con la que estaba tonteando.

Yo me puse súper contenta con la noticia y por el hecho de saber que mi mejor amigo me había olvidado y era feliz. No obstante, cuando la chica empezó a juntarse con todos nosotros, empecé a sentir algo.

Al principio no sabía identificar aquella sensación, pero pronto le puse nombre: celos. Cada vez que les veía besarse o cogerse de la mano, una rabia que nunca antes había sentido me subía por el pecho hasta la garganta; no podía verlo. Intenté por todos los medios ignorar aquel sentimiento, pero cuando empecé a dejar de quedar con ellos cada vez que me enteraba de que Fátima iba a estar presente, se me vio el plumero.

Mi mejor amigo vino a hablar conmigo, me preguntó qué me pasaba y yo me eché a llorar sin poder aguantar las lágrimas un minuto más. Me derrumbé y, odiándome a mí misma, le dije que me había dado cuenta de que le quería. Aquel día fue él quien se quedó a cuadros.

Me dijo que en la vida habría imaginado que ese día iba a llegar, que lo había deseado con todas sus fuerzas durante años, pero que ahora él ya no estaba enamorado de mí. Me sentí tan estúpida… Había tenido años y años para estar con Juanmi y ahora no tenía ninguna posibilidad. Al igual que hizo él en su día, me tragué mis sentimientos y le dejé ser feliz con otra persona.

Con la única diferencia de que, a día de hoy, él se ha casado con aquella chica que yo tanto deseé que fuera solo algo pasajero y yo continúo colada hasta las trancas. No he vuelto a mencionar el tema, pero supongo que él tampoco es tonto y se da cuenta de ello.

Me contento con el hecho de poder seguir teniéndole en mi vida como uno de los mejores amigos del mundo, aunque verle y abrazarle me rompa el corazón.