Hace 6 años mi prima me pidió que fuese la madrina de su hija. Me hizo ilusión, lo admito. Nunca había sido madrina de nadie y aunque no somos uña y carne pensé que era un gesto bonito. Sí que me sonó raro porque hay familiares más directos con los que tienen muy buena relación, incluso una hermana de mi cuñado que trata a diario con la niña y la cuida todas las semanas. Pero cuando te ofrecen algo así no te pones a preguntar que por qué te han elegido a ti, ¿no?
Acepté con gusto, fui al bautizo, llevé un regalazo y desde entonces, cumpleaños tras cumpleaños ahí estaba yo: regalito especial, detalle único, sobre generoso.
Y todo sin que nadie me lo exigiera. Hasta que un día… me enteré de la verdad.
No fue una confesión directa, ni un drama. Fue de esas frases que se escapan cuando hay demasiada confianza o demasiada poca vergüenza.
Estábamos en una comida familiar y una tía al ver el regalo que le hice a la niña dijo algo así como:
—Claro si la eligieron a ella porque es la que mejor está colocada… ¡ya sabían que los regalos iban a ser buenos!
Y yo me quedé tiesa. Sonriendo como quien no ha oído nada pero vi a mi prima ponerse roja como un tomate, confirmando la veracidad de las palabras de mi tía.
No dije nada. Ni monté numerito. Ni hice drama. Pero al próximo cumple de la criatura me presenté puntual con mi mejor sonrisa… y un regalo bien envuelto.
Una caja enorme. Mucho lazo. Muy visual. Muy wow otra vez la madrina se ha soltado el pelo y viene con regalazo.
Y dentro:
Una libreta del chino.
Y una notita escrita a mano que decía:
“Para que empieces a escribir tu historia… sin depender de nadie.”
Obviamente me miraron raro. Obviamente desde entonces no me han vuelto a pedir nada.
Y lo mejor: me he quedado de madrina moral, pero con presupuesto de persona que no se deja usar.
Porque el cariño se demuestra. Pero usar a alguien por su cartera… también se paga.
