Durante toda mi vida he ido a muchas clínicas estéticas, pero jamás pensé que algo así podría pasarme a mí.

Hace un año me divorcié del padre de mis hijos. Es un buen padre, sí, pero como pareja ha sido un auténtico desastre. La relación terminó fatal y, aunque ahora solo tenemos contacto por los niños, he pasado un duelo horrible (sobre todo porque, para qué engañarnos, llevaba puestos más cuernos que Bambi). Para mi desgracia, y aunque me duela admitirlo, todavía sigo enamorada de ese impresentable.

Siempre he sido muy ahorradora, y mas allá de las típicas cremas y maquillaje, nunca he invertido en mí misma. Así que me conformaba con sesiones gratuitas, promociones o tratamientos ganados en sorteos. Nunca había invertido de verdad en algo caro para mí.

Y como si la vida no tuviera suficiente sentido del humor, hace unos meses me despidieron. Todo se me volvió cuesta arriba y el poco dinero que tenía era para mis hijos.

Así que sí: se me fue la cabeza. Con la indemnización pensé en hacer algo por mí. Llevaba meses sintiéndome apagada, abandonada, como si no me reconociera. Creí que era el momento de levantar cabeza… y pensé que verme más guapa me ayudaría. A simple vista, no parecía mala idea.

Pero con la racha que llevaba, era cuestión de tiempo que la cosa acabara mal. Y aun así, ignoré todas las señales.

Fui a varias clínicas de las de siempre y al final me decanté por una un poco lejos de casa, pero con muchos años abierta y buenos precios. Contraté un pack de láser en todo el cuerpo para olvidarme de la cera para siempre.

La primera sesión fue genial: las chicas majísimas, muy atentas. Me atendió la dueña, que me contó que acababa de adquirir el negocio por un traspaso. Se la veía ilusionada, llena de planes. Yo, que hablo más que un loro cuando me siento cómoda, terminé contándole todas mis desgracias recientes. Ella me daba ánimos, me decía que hacía bien en cuidarme, que me lo merecía. Así fueron varias sesiones: mucha cercanía y, poco a poco, recomendaciones de tratamientos faciales, corporales, ofertas irresistibles.

Yo insistía en que iba justa de dinero, pero ella me repetía que era una “inversión a futuro” y que podía financiar sin problema.
Y sí: piqué como una tonta. Contraté un tratamiento facial.
Y esa fue, señoras y señores, la última vez que vi a esta engatusadora del demonio.

Tenía cita al mes siguiente, como es normal en el láser. Y unos días antes, de repente, veo en sus redes sociales un mensaje anunciando que cerraban por reformas (sin previo aviso) y que reubicarían las citas. A mí no me llamó nadie.

Me pareció rarísimo, así que me puse a investigar… y descubrí el pastel. Había muchísima gente en la misma situación. Según contaban por internet, esta mujer había comprado el negocio hacía pocos meses y se había comido un montón de deudas y bonos pendientes de los antiguos dueños. Ella decía que la habían estafado y que iba a denunciar… pero la que cerró la clínica sin avisar, dejando tirados a todos los clientes que habíamos pagado, fue ella.

Así que aquí estoy, sumando otra desgracia a la lista: metida en denuncias y reclamaciones después de haber soltado un buen dinero por tratamientos que jamás recibí.

Y nada: con mi mala racha, sin láser, sin facial, sin dinero… y con la piel igual de peluda que antes.
Prometo que la próxima vez que quiera estar pibón, empezaré por depilarme el cerebro… porque vaya tela.

SOFIA ESTRELLA