Mi hermana y yo nos llevamos diez años. Aunque en algunas épocas de mi vida me costara reconocerlo, siempre ha sido un ejemplo a seguir para mí y sus consejos, palabras muy importantes.

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Me ha inculcado buenos ideales, que hay que ser buena persona, que hay que trabajar duro y que nunca tengo que dejar de aprender. 

Lo único en lo que no le hacía caso era con los hombres. Durante una larga temporada, solo me atraían los tipos «malos». No malos de malas personas, más bien tipos con aire canalla, que parecen más interesados en jugar que en enamorarse. Iba de chico en chico, ilusionándome, pasándolo mal y, en el fondo, sabiendo que no tenía ningún futuro; pero me parecía inevitable acabar en brazos de tipos así.

Los años iban pasando y a mí no me preocupaba. Un día, mi hermana me dijo que quería hablar conmigo. Hacía años que se había casado con un buen chico y ya tenía un par de hijos. Era muy feliz. 

Con calma y sin presionarme, al menos eso me pareció, me dijo que, desde fuera, se veía claro, que ninguna de mis aventuras iba a ser el padre de mis hijos. Y que, visto lo visto, si seguía ese camino no iba a encontrarlo nunca. Le parecía muy divertida mi vida y la cuestión era si era la vida que quería o no. Me animó a pensar, a ser racional, a asumir que no seré joven eternamente y que el reloj biológico es una porquería, pero es real. Si quería seguir así, ella no me iba a cuestionar más y contaba con todo su apoyo. Si quería cambiar mi juego, me recomendaba darle una oportunidad a chicos que de primeras no me atrajeran tanto, ya que podía llevarme la sorpresa y acabar enamorándome.

Así que le hice caso y pensé que no perdía nada por quedar un día con algún, en teoría, buen chico. Tenía un medio amigo de la universidad que llevaba años intentando ligar conmigo sin éxito; le llamé y estuvo encantado de quedar conmigo. Organizó una primera cita de película, con cena en un sitio espectacular y un paseo romántico. Lo pasé muy bien. No estaba acostumbrada a ese tipo de atención y me pareció bonito. Me acompañó a casa y me dio un beso en el portal; me dijo que había sido la mejor noche de su vida y que no había prisa por subir a mi casa. Lo último me pareció un poco cómico, ya que no filtraba mucho para subir a alguien a casa, pero respeté sus tiempos.

Al día siguiente me estaba mandando flores y mensajes bonitos. Me proponía mil planes, aunque me decía que solo le hacía falta yo para que el plan fuera redondo. Quedamos de nuevo y, cuando llegó, le vi guapísimo y muy atractivo. Pensé que mi hermana tenía razón; darle una oportunidad estaba resultando sorprendente.

Pasamos meses conociéndonos, descubriéndonos, creo que enamorándonos. Fue bonito. Los pasos eran más rápidos de lo que igual yo quería, pero me dejé llevar. Me presentó a su familia, me integró con sus amigos y yo también lo hice.

Y me pidió matrimonio. Me pareció que lo normal era casarnos; estábamos bien. Organizamos una boda preciosa y dije que sí convencida con todo mi corazón.

El problema es que han pasado solo unos meses y no soy feliz. Me siento una caprichosa malcriada que ha jugado con él. Le miro y me cae muy bien, me encantan los planes y la vida que tenemos, pero no él. Ya no estoy enamorada y no me hace feliz a pesar de ser perfecto en el papel. 

No echo de menos los tipos malos ni las noches locas. Simplemente creo que él no es el hombre de mi vida. Me siento mal por haberle hecho perder el tiempo, lo malo es que no sé cómo decírselo.

Mi hermana me dice que lo antes posible, que le deje libre ya para que pueda llorarme y después pueda empezar de nuevo. Sé que tiene razón, pero me da tanta rabia no ser feliz con la vida perfecta.