No es que yo me crea en posesión de la verdad absoluta, pero si algo he aprendido en esta vida (por desgracia, a base de palos) ha sido que todas aquellas personas enfermizamente celosas resultan ser, con el tiempo, una panda de infieles redomados. Se cree el ladrón que todos son de su condición, y no me bajo de la burra.

Durante dos años estuve saliendo con uno de ellos. Como suele ocurrir con este tipo de infraseres, al principio todo era maravilloso. Sabía muy bien qué decir porque sabía muy bien lo que yo necesitaba escuchar, y la verdad es que me tenía absolutamente obnubilada. Era un chico súper romántico y detallista, me trataba genial, me divertía mucho con él… Poco a poco, según fueron pasando los meses y cuando yo ya estaba completamente enamorada de él, se fue convirtiendo en otra persona completamente distinta.

Ya no me decía lo mucho que me quería, ni tenía gestos cariñosos conmigo, ni tampoco me decía lo guapa que estaba. En lugar de eso, se transformó en alguien frío, ni siquiera me abrazaba, le molestaban mis intentos por acercarme a él y se burlaba de mi físico. De repente, mis piernas eran muy delgadas, mi pecho muy pequeño, mis ojos demasiado grandes, me maquillaba mal… Pero como se suele decir: aun así, me quedé. Lo más gracioso de todo es que, a pesar de que yo parecía ser un orco de Mordor para él, sus celos rayaban lo enfermizo.

Un día, un amigo suyo me dijo que, aprovechando que mi chico no estaba en la ciudad, tenía que hablar conmigo. Me esperaba cualquier cosa, pero lo que nunca pensé que fuera a contarme es que me llevaba engañando durante meses con una chica de su pueblo, a la que yo conocía porque él la había invitado junto a sus amigas a salir con nuestro grupo alguna vez. Me la había presentado como una amiga de toda la vida y me había llamado loca e histérica cuando le comenté que me parecía que aquella chica quería algo con él.

Ese mismo día le dejé, pero cuando volvió a la ciudad me imploró que volviera con él, lloró cuatro lágrimas de cocodrilo y yo le perdoné.

Ya llevábamos casi dos años y todo parecía haberse arreglado; él estaba mucho más cariñoso y atento conmigo, como lo era al principio de nuestra relación, y nos iba mejor que nunca. En definitiva, habíamos conseguido pasar página. Sin embargo, un día, estando en su casa, alguien le escribió al Messenger (ojo, anda que no ha llovido) y él cerró corriendo la conversación. No le dio importancia y cambió de tema, pero yo me quedé con la mosca detrás de la oreja y tuvimos una gran discusión, en la que él me tachaba de celosa, de no confiar en él, de estar martirizándole por el error que había cometido, a pesar de que supuestamente ya le había perdonado.

Pero una parte de mí me decía que ahí había gato encerrado y fue cuando decidí que tenía que comprobar si podía confiar en él o no. Así que terminé creándome una cuenta de Messenger con la foto de mi amiga, a la cual él no conocía, para ver si mordía el anzuelo.

Al principio no se fiaba demasiado de Noelia (mi identidad falsa), no le cuadraba que una chica tan guapa como mi amiga le tirase la caña, pero con el tiempo conseguí camelármelo y empezó a coger confianza “conmigo”. Después de tontear con él durante un rato y ver cómo me seguía el rollo, le pregunté si tenía novia y me contestó que no. Sé que con aquella respuesta me debió bastar para mandarle a paseo, pero aún así decidí ir hasta el final y ver con mis propios ojos hasta dónde era capaz de llegar.

Para las más jovencitas, aclarar un punto: en aquella época no había redes sociales, así que más allá de las cuatro fotos que me pidió que le enviara, no podía tener acceso a más. Por eso fue tan fácil engañarle y que no sospechara que ahí había algo raro. Eran otros tiempos.

Por supuesto, las fotos de mi amiga le encantaron y, después de hablar durante horas a lo largo de una semana, le propuse conocernos en persona. Al principio puso un montón de excusas para no quedar, pero al cabo de un par de días, cuando pensaba que todo terminaría ahí, me dijo que tenía que irse con su familia al cumpleaños de su tía y que aquel día no podríamos vernos. Yo le creí.

Sin embargo, cuando llegué a casa y me conecté al Messenger, “Noelia” tenía un mensaje de mi chico en el que le proponía hora y lugar para conocerse.

No me lo podía creer, pero en lugar de decirle quién era y cantarle las cuarenta antes de mandarle a la mierda, imprimí todas las conversaciones y me fui con mi amiga, la auténtica Noelia, al lugar acordado y a la hora señalada.

En el fondo deseaba que no apareciera, pero con diez minutos de retraso, allí estaba. Cuando me vio acompañada de “Noelia” casi se cae de culo, no era capaz de articular palabra; se quedó ahí plantado mirándonos de hito en hito mientras le contaba que había sido yo todo el tiempo.

Tuvo los santos bemoles de decirme que él ya sabía de sobra que era yo quien me hacía pasar por esa otra chica y que era él quien había estado jugando conmigo. Y entonces sí, le mandé a la mierda.

¿Fue todo muy dramático? Sí.
¿Pude haberme comportado de una forma más madura? También.
¿Me sentó fenomenal ver la cara de idiota que se le quedó? No os hacéis una idea.

Escrito por Mar martín basado en una historia real