Siempre he tenido un humor peculiar y una conciencia de clase muy férrea. Con el auge de TikTok, mis amigas me animaron a crearme un perfil. Pasaron los meses y, dada la insistencia, me animé. Podría decirse que se me subió un poco a la cabeza: en menos de seis meses ya estaba monetizando. Tuve que pedir una excedencia en el trabajo porque estaba facturando más del doble que en mi empleo normal. Menos mal que no lo dejé definitivamente…
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Mi hermana me lleva cuatro años y es lo que se espera de una «hija perfecta»: excelentes notas, casada con su pareja de siempre, vivienda en el centro y un buen salario. Siempre hemos estado muy unidas, a pesar de que mi vida ha sido mucho más inestable. Hace un tiempo, me confesó muy agobiada que había sido infiel a su marido. No sabía si contarlo y perder su vida, o callar y seguir consumiéndose por la culpa.
Nunca me había visto en esa situación y le pedí permiso para hacer un vídeo anónimo en mi perfil para ver qué opinaban mis seguidores, que ya eran más de 700.000. Ella aceptó. Solía usar la dinámica de “mensaje que me llega de un seguidor”. Ella me escribió el texto por privado, hice una captura y grabé el vídeo. En menos de una hora, me estaba llamando mi cuñado.
Siempre que hacía estos vídeos, si no me pedían explícitamente el anonimato, subía la captura tal cual. Esta vez fui en automático: hice la captura completa enseñando su nombre de usuario. Cualquiera que la tuviera agregada, incluido su marido, podía reconocerla. Cuando me di cuenta del error, el vídeo ya sobrepasaba las 40.000 reproducciones.
El final fue un divorcio traumático. Mi hermana no me habla desde entonces porque está convencida de que lo hice a propósito por envidia. La presión fue tan grande que eliminé mis redes sociales y regresé a mi trabajo de siempre. Todavía hay algún vídeo mío circulando, pero al menos ese error no llegó a más.