Llegué a Madrid hace unos meses asustada por la gran ciudad que dicen que es. Soy de un pueblo pequeño y estudié la carrera en una ciudad no muy grande. Madrid me imponía y, a la vez, el anonimato me atraía y me gustaba la libertad que ofrecía, acostumbrada a que todo el mundo se conociera y los cotilleos fueran rápidos.
Siempre me han gustado los conciertos y los cantautores. Vine a vivir a Madrid por trabajo, pero el circuito de salas (Libertad 8, Búho Real…) era un aliciente adicional. En cuanto llegué, empecé a ir a conciertos y a conocer gente.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Mis semanas se llenaban de planes con los compañeros de trabajo y de conciertos. Siempre tenía algo que hacer y me sentía muy integrada en la ciudad.
Con el tiempo me di cuenta de que a los conciertos solíamos ir la misma gente y ya nos íbamos conociendo. Después de algunos conciertos seguíamos en algún otro local tomando algo. Muchas veces los artistas también se unían, lo que, sobre todo al principio, sacaba mi lado fan, pedía fotos y autógrafos y estaba muy emocionada.
Uno de los cantautores, entre canción y canción, habla mucho y a veces cuenta anécdotas de su compañero de piso, que, por supuesto, va a los conciertos y al post-concierto.
Todos acabamos hablando con todos, sobre todo los que somos habituales, que nos conocemos las caras ya y que sabemos que nos seguiremos viendo. Así que una noche estuve hablando con el famoso compañero de piso. Conectamos al instante: bromas rápidas y subidas de tono. La verdad, es que me encantó. Estuvimos hablando horas y terminamos intercambiando teléfonos. Al día siguiente ya estábamos whatsappendo y pensando planes.
Me propuso una cita como de película: cine y cena. Estaba emocionada. Y no me decepcionó: durante la película buscó una excusa para agarrarme de la mano y acabó besándome; en la cena me miraba como si yo fuera lo más bonito del mundo y me acompañó a casa donde, me besó en el portal. Estaba en una nube.
Seguimos intercambiando mensajes y todo iba bien. Quedamos un par de días más y no quería ilusionarme, pero me ilusioné.
Mis amigas dicen que soy demasiado ingenua, que las cosas nunca son tan bonitas. Lo malo es que tenían razón. Desapareció; dejó de contestar a mis mensajes sin ningún motivo. Además, su compañero de piso estaba de gira por Latinoamérica y no había opción de coincidir en los conciertos.
Lo peor fue que me volví un poco loca. Sobre todo cuando salía por la noche y a las cuatro de la mañana me acordaba infinitamente de él. Le mandé muchísimos mensajes, le supliqué (siempre es un error suplicar) una respuesta, le pregunté qué hice mal. Ya lo sé, solo habían sido unas citas y no había ningún motivo para ponerme así. Pero ya sabéis: a veces no se piensa con la cabeza.
Pasaron semanas y me fui tranquilizando. Era eso o perder la cabeza, está claro. Cuando por fin volvía a ser persona, me escribió diciéndome que había estado ocupado. Una parte de mí quería volver a por más, decirle que no pasaba nada, que si nos veíamos. Pero, gracias a mis buenas amigas, mantuve la cordura, por una vez, y le contesté que no se preocupara, que ya nos veríamos en los conciertos.
Y así fue. Lo que no esperaba es que nuestra «no historia» se había convertido en una anécdota que cuenta su amigo en los conciertos: cómo una chica puede perder la cabeza por alguien sin apenas conocerse, lo peligroso que es el móvil por las noches, cómo hay que tener cuidado con quién se junta uno.
Lo peor es que todos saben que habla de mí. Me volví a sentir en el pueblo con los cotilleos circulando. Será muy grande Madrid, pero al final la gente es la misma. Le vi después del concierto y actué como si nada. Por suerte, estaba tomando perspectiva y nada es tan grave.
Un instante dudé si debería seguir yendo a los conciertos o no. Pero no encontré ningún motivo por el que cambiar mi vida.
¿Sabéis qué hice? Me acerqué al cantante y le dije que mi anécdota estaba muy bien, pero que debería convertirla en una canción.