Ya lo dice el refrán: donde tengas la olla no metas la… Bueno, ya sabes cómo sigue. Ojalá yo lo hubiera sabido antes. Quiero decir, ojalá le hubiera hecho caso al refrán antes. Porque yo no tengo de eso, pero el caso es que donde tenía la olla me metí en un jardín guapo con un chico. Con uno muy guapo y unos años más joven que yo. Ay, si es que me gustó desde el primer día que le vi entrar en la oficina, acompañado de mi jefa. Pero me controlé. Iba a tenerlo en la chepa seis meses, porque estaría de prácticas en mi departamento y yo había tenido la ‘suerte’ de que me lo asignaran a mí. A pesar de no tener el maldito refrán muy fresco en mi cabeza, hasta yo entendía que intimar con el chaval no era lo más indicado.

La culpa fue suya… por ser tan picarón. Vamos, que caí con todo el equipo. Cuando me paré a pensarlo un poco llevábamos semanas enrollándonos en secreto y haciéndonos ojitos durante la jornada laboral.

En fin, tampoco era la cosa tan grave. No hay ninguna norma de la empresa que prohíba las relaciones entre los empleados ni nada parecido. Era cuestión de mantener la profesionalidad en el trabajo y ya. Para todo lo demás, pues a fluir con la relación.

Y, claro, la relación fluyó. Despacito, pero fluyó. Así que yo empecé a encariñarme y a preocuparme por el chiquillo. En su casa no lo estaban pasando bien y necesitaba cada mísero euro de los poquitos que le pagaban por echar allí el día tratando de absorber todo lo que pudiera. Si podía ayudarle, tenía que hacerlo. Me esforcé por enseñarle lo mejor posible, obvio. Y pronto empezó a destacar entre los demás aprendices porque era el que antes empezó a gestionar tareas ‘de verdad’, por decirlo de alguna manera.

Era tan mono… que me arriesgué y fui a hablar con mi jefa y con recursos humanos para recomendarlo. Cosa que no había hecho jamás. Yo daba mi opinión cuando me la pedían, pero nunca antes me había mojado sobre nadie, que luego no quería problemas si no funcionaba como era debido. Qué carita más linda puso cuando le conté lo que había hecho y que creía que le iban a hacer un contrato de verdad. Qué meneo más rico nos pegamos para celebrarlo. Y qué guay cuando se hizo realidad y firmó.

Fue unos días después cuando él empezó a estar más distante. Al no estar ya bajo mi mando, coincidíamos menos a lo largo de la jornada. Pero es que también empezó a darme largas para vernos fuera del trabajo. Poco tardé en descubrir que se había aprovechado de mí.

Ya te lo cuento en el título: Me lie con mi becario y me usó para ascender. Él no me lo dijo con esas palabras, pero me lo dijo igualmente. Cuando conseguí quedar con él se me puso todo serio y me soltó que no le molaba nada eso de mezclar lo personal con lo laboral. Que no quería habladurías ni que nadie pusiese en duda su valía por estar liado con alguien de la empresa. Sí, yo pensé lo mismo, ¿ahora no te mola? ¿Ahora no quieres mezclar? Efectivamente. Con dos huevos, el chavalito.

 

Anónimo

 

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