Mi trabajo me encanta. Y soy buena en él. Muy buena. Y no es que lo diga yo, es que lo dicen mi jefe, algunos clientes y mis compañeros. Bueno… la mayoría. Porque hay una en especial que me odia con toda su negra alma.

Parece que le molesta que sea eficiente, eficaz y encima alegre. Que llevando menos tiempo en la empresa que ella, haya demostrado que el trabajo se puede hacer bien, sin dramas, y colaborando en equipo. Parece ser que mi rendimiento deja en evidencia lo limitada que es ella en el suyo. Y encima es de esas personas a las que les molesta profundamente que la gente sea feliz.

Como cuenta con el respaldo del director —por antigüedad y por familiares en común— ha empezado una campaña de descrédito en mi contra. Exagera mis fallos, me quita proyectos, presenta ideas de mi grupo como si fueran suyas.

Al principio, no le di mucha importancia. No soy de liarla y siempre he pensado que, ya que pasamos medio vida currando, mejor tener buen ambiente. Pero llegó un punto en que empezó a tocarme las narices. Una cosa es ser buena y amable y otra muy distinta es que te quieran hacer pasar por tonta.

Así que, animada por mis compis, decidí rebelarme. Pero no de cualquier manera. Yo no quería montar un numerito. Quería ser más lista que ella. Más sigilosa. Más ladina.

Montamos un sistema de vigilancia extrema para pillar sus fallos y los fuimos guardando en un archivo. No eran muchos… pero no porque no metiera la pata, sino porque no trabaja una mierda. A menos trabajo, menos errores. También controlamos horarios, tareas… pero no sacábamos demasiado jugo.

Hasta que encontré su debilidad. Y su debilidad era Marcos.

Marcos tiene diez años menos que ella, trabaja con nosotros y es mono, sí, pero nunca me lo había mirado con otros ojos. Era un compi más.

Hasta que vi cómo ella lo miraba. Y entendí que ahí tenía yo mi arma.

Empecé a ser amable con Marcos. Muy amable. A ofrecerle ayuda, a pedirle la suya, a agradecerle cualquier chorrada con sonrisas y a invitarle a cafés. Y oye, que el chico era un encanto, así que tampoco me costaba.

Llegó la cena de Navidad.
Y qué casualidad, se me estropeó el coche.
Y casualmente, Marcos me vino a buscar.
Y casualmente, llegamos del brazo.

En mitad de la fiesta, en un punto donde casi nadie nos veía… pero mi archienemiga , agarré a Marcos y le planté un morreo espectacular. Él me siguió el rollo encantado. No fui más allá: yo misma paré y le solté que había sido el alcohol, que me caía genial pero que lo veía como a un colega y que era mejor no liarnos en el trabajo. Él, majísimo, lo entendió.

¿Resultado?
Mi archienemiga presentó una solicitud de cambio de departamento inmediato.

Una huida estratégica digna de Sálvame.
Ya no tengo que verla, ni aguantarla, ni sufrir sus boicots diarios.

¿Orgullosa del método? Mmm… digamos que no muy.
¿Satisfecha con el resultado?
ABSOLUTAMENTE.