Nochevieja, Madrid, Puerta del Sol, amigos, ligue, uvas… ¿Puede haber mejor plan?
Pues no, es un plan insuperable. Un plan sin fisuras… hasta que aparecen.
Un día me levanté con ganas de comerme las uvas en la Puerta del Sol e hice un grupo de Whatsapp con mis amigos para ver quién se apuntaba. Enseguida nos juntamos unos cuantos. Decidí invitar al chico con el que estaba tonteando en ese entonces y aceptó encantado. Yo ya me estaba imaginando empezar el año con un beso y quién sabe qué más.
Somos de fuera de Madrid, así que nos fuimos el día 30 todos juntos en tren. Habíamos cogido dos alojamientos diferentes, uno las chicas y otro los chicos. En un momento dado, una de mis amigas se me acercó y me preguntó si me importaba que le tirara la caña al chico en cuestión. Hombre, lo he invitado porque estamos tonteando desde hace unas semanas y me gusta. Obviamente sí me importa. No lo hagas.
Pues hasta ahí, tan amigas.
Esa noche salimos de fiesta y lo dimos todo. En un momento dado los perdí de vista a los dos y ya sospeché lo que estaba ocurriendo, pero no quise creerlo después de la conversación que había tenido con mi amiga.
Y ¡zas!, me giro y los veo dándolo todo en medio de la pista. No me podía creer lo que veían mis ojos… Me traicionas, porque perdóname, pero muy amiga mía no eres cuando te lías con el chico que me gusta después de preguntarme, y encima lo haces en toda mi cara en un sitio donde obviamente te voy a ver.
A ella la habría arrastrado por toda la discoteca en ese momento y a él le habría gritado en toda la cara que era un gilipollas, pero hay que decir que, para toda la mala leche que tengo, soy una persona cero violencia. Así que, en lugar de ponerme a mí misma en evidencia y perder los papeles por dos personas que obviamente no merecían la pena, decidí irme al hotel. Me acompañó otra de mis amigas cuando vio mi cara. Imagino que tuve que quedarme más blanca que una pared.
Cuando llegué a nuestra habitación recordé que ella y yo compartíamos cama. Ni de coña iba a aceptar que se acercara a mí después de lo que acababa de hacerme; no quería ni mirarla a la cara. Así que esa otra amiga se compadeció de mí, movió todas las cosas y se vino a dormir conmigo.
Esa noche no pegué ojo por el cabreo que tenía y por pensar que estaba a 600 km de mi casa, y que al día siguiente me los iba a tener que tragar a los dos y compartir con ellos la Nochevieja con la que había soñado comiendo uvas en la Puerta del Sol.
El 31 fue un día muy tenso. Tuve que hacer como si no pasara nada por el bien del grupo y comérmelos con patatas. A él lo ignoré y a ella directamente no le dirigí la palabra en todo el día. Intentó pedirme perdón explicándome que ya sabía cómo era ella, que se perdía cuando le gustaba un tío y tenía que ir a por él.
Él era tonto perdido, pero no tenía nada conmigo, por lo que no podía recriminarle nada. Pero ella ese día me demostró que sus impulsos valían mucho más que la amistad que compartíamos desde hace años.
No nos hemos vuelto a ver desde aquel día. Algunas lo veréis un poco radical, pero hay cosas que no podemos perdonar a los demás, entre ellas que estén dispuestos a hacernos sufrir en beneficio propio.
Envía tus movidas a [email protected]