No hablo de los años 30, ni de los 50, hablo de casi los 2000.
La gente de mi alrededor se casaba con treinta y tantos y a mí T, (lo llamaremos así), me pidió matrimonio cuando tenía 20 y solo llevábamos 3 meses saliendo.
Sí, parece de psiquiátrico, pero lo peor es que le dije que sí.
Acompáñame a contarte la historia de amor al completo.
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¿Sabes esa vez que tienes muchas ganas de salir, pero ninguna amiga sale? Pues a mí me pasó.
No estaba acostumbrada a salir sola, era mi primera vez. Cogí el bus y fui a la discoteca de moda de ese momento, Chic se llamaba. No solía ir allí, pero llevábamos unas semanas yendo mi amiga y yo y tenían varios ambientes de música y nos gustó. Algo dentro de mi decía que tenía que salir aunque fuera sola.
Igualmente allí conocía gente, aunque no fuera con amigas.
Sola, lo que se dice sola, no estaría.
Estoy bailando en la pista, cuando de repente se me acerca un chico y me pregunta: ¿Tú eres Raquel, la peluquera del Pryca? Era más una afirmación que una pregunta, porque él seguro que ya me tenía fichada. Él trabajaba en la parte de menaje del centro comercial. Era el típico guaperas que las tenía a todas alborotadas, porque además era el más jovencito. Yo ni me había percatado de su existencia.
Comenzamos a hablar y llega el momento de las lentas. Vaya momentazo. Todas las épocas deberían tener la hora de las lentas en todas las discotecas. Eso sí que era ligar, no ahora mandándose berenjenas y melocotones o memes por el móvil. La hora de las lentas era rollo seguro y con estilo.
Sonó, Corazón partío, de Alejandro Sanz.
T, se acercó lentamente y me dijo que se moría por besarme (igual no fue exactamente así, han pasado muchos años, pero prefiero contártelo bien empaquetado, con lacito y todo) Le contesté que no se muriera, que era muy joven y nos acercamos hasta juntar nuestros labios, mientras Alejandro Sanz nos predecía con su canción, que nos la íbamos a pegar. No escuché esas señales. A veces el destino habla bajito y no lo escucho o igual tengo sordera selectiva.
Me pidió de salir, que así se hacía en mi época y ya eramos novios. Íbamos cogidos de la mano a todos lados, me venía a buscar cuando acababa de trabajar, venía a verme a media mañana,tomamos café… Esto eran los días normales. Había días en los que venía con globos y una pancarta diciendo lo mucho que me queríay yo me moría de vergüenza… y otros me traía flores, los que me llevaba al bosque, de noche, a tocarme Stand be me, con la guitarra, bajo las estrellas.
Cuanto daño hicieron las películas románticas de los 90, os lo digo porque sufrí varias consecuencias.
Nos gustaba mucho ir a un restaurante chino y pedíamos la mesa de nuestro número favorito, el día que nos conocimos. Fuimos a celebrar nuestro tercer mes, desde aquel beso, bajo la canción de Alejandro Sanz, nuestra canción, cómo no. Todo muy romántico.
Cuando llega el postre, me saca un anillo y me dice si quiero casarme con él. Aquí tengo que explicaros que ese ya era mi cuarto anillo de prometida. Sí, lo reconozco, era ligona y propensa a encadenar relaciones monógamas y a vincularme desde la necesidad de estar en pareja, no desde el deseo de tener pareja.(Eso lo entendí años después y me costó varias terapias).
Porque eso es lo que se esperaba de mi, que cuando tuviera novio, (porque tener novia no era opción, ni sabía que se podía), estar un tiempo de noviazgo, prometerse, casarse y a por los churumbeles.
Aún no había acabado la frase, que yo ya le dije que si, estaba tremendamente enamorada de esa peli que nos habíamos montado y que la sociedad había patrocinado.
Un año después vino el bodorrio y por la iglesia y todo. Me dejé llevar por la rueda de lo que toca, por la influencia de la familia creyente, por la toxicidad de las películas de la época. Como era de esperar, después de una boda ¿qué viene?
Hablamos de tener hijos pronto porque no queríamos ser papás mayores y al casarnos, cambiamos de opinión, pensamos en esperar un poco. Pero la niña llegó, al año de casarnos, A. Ya estaba en nuestras vidas, llenándolas de sonrisas y amor.
Hoy 28 años después de haber conocido a T., os confieso que no me arrepiento de nada. Si volviera a vivirlo seguro que cambiaría cosas, pero tengo claro, que solo debemos arrepentirnos de lo que no hacemos. Lo hecho ,hecho está y disfrutado queda. Desde el momento que me casé, hasta el divorcio, pasaron 8 años. Lo intentamos todo, pero no funcionó.
Y soy fiel creyente de que las mejores historias son las que acaban felices, aunque sea cada uno por su lado y sobre todo por el bien de la peque.
Raquel Romarís