Esta es una historia de esas que siempre salen a relucir en las comidas familiares y de amigos y de las que, ahora nos reímos, pero que en su momento supusieron casi un drama.
De aquella yo tenía diecisiete años y salía con un chico un año mayor que yo del cual estaba pilladísima. Lo tenía todo, era más mayor que yo, guapete, un poco macarrilla y con una motaza de la cual yo presumía delante de todas mis amigas cuando me iba a recoger a la salida del instituto.
Por supuesto, a mis padres no les gustaba nada que saliese con él y mucho menos que subiera en su moto. De hecho, lo tenía prohibido, aunque ya sabéis que, cuanto más te prohíben una cosa, más te gusta y más a esa edad.
Llevábamos ya seis meses saliendo, lo que para entonces era una eternidad para los dos y nos jurábamos amor eterno día sí y día también, además aprovechábamos todas las opciones que teníamos para dar rienda suelta a nuestra pasión donde buenamente podíamos y, si en algún momento su casa o la mía quedaban libre no dejábamos pasar la oportunidad.
Fue en una de esas ocasiones en las que mi casa quedó libre porque mi hermana tenía una competición de atletismo un sábado por la mañana en otra ciudad y, tanto ella como mis padres, iban a estar fuera por lo menos hasta mediodía.
Por supuesto, David y yo, habíamos planeado al dedillo cómo aprovechar al máximo ese tiempo y, al poco de que mis padres se fueran, apareció en mi casa.
Estuvimos haciendo un poco el tonto, pero en seguida nos pusimos al lío y, como la cama de mis padres era mucho más grande y más cómoda allí fuimos y así fue que cuándo estábamos en pleno apogeo no me digáis ni cómo ni de dónde salió, pero oí a mi padre a mi espalda decir: ¡qué decepción! Y antes de que pudiera decir algo ya se había ido dando un portazo.
Rápidamente salí de la cama, me vestí y salí de la habitación, pero vi que no había ya nadie en casa. Al poco, mi madre me llamó al móvil echándome la gran bronca y diciendo que esperase en casa que teníamos que hablar y que ni se me ocurriese hacer nada.
Cuando en mi defensa dije que pensaba que estarían fuera más tiempo, me dijo que habían tenido que dar la vuelta porque habían cogido las deportivas equivocadas de mi hermana, que ellas se habían quedado en el coche y que mi padre había subido corriendo cuando se encontró la música a todo trapo y aquella escena en su cama.
Yo me maldije por dentro porque normalmente no solíamos poner música y, además tenía la costumbre de cerrar la puerta y dejar la llave puesta por si acaso, pero aquel día, con las prisas, se me había olvidado.
Cuando colgué, estaba entre indignada, cabreada y muerta de vergüenza y sabía que el castigo que me iban a poner sería épico así que no se me ocurrió otra cosa que coger una mochila con ropa de salir, el móvil y dejar una nota diciendo que era sábado, que quería salir porque era el cumpleaños de mi mejor amiga y que como sabía que si me quedaba no me iban a dejar ir, había decidido irme yo, que no me llamasen y que ya volvería por la noche.
Os podéis imaginar cuando a la hora de comer llegaron mis padres y vieron aquella nota. Me frieron a llamadas al móvil que, por supuesto, toda digna no cogí. Al final, acabaron llamando a los padres de mi mejor amiga que, intercedieron un poco y consiguieron que, al menos, me dejaran quedarme al cumpleaños de mi amiga.
Lo peor de todo no fue el castigo que vino después, que también, porque estuve un par de meses sin poder salir de casa más allá de para ir al instituto, sino el ver cómo me miraba mi padre y su cara de decepción durante unos cuantos meses.
Ahora, como decía, nos reímos mucho con esa historia y con lo imprudente que era en esa época, pero en ese momento, fue un drama total y, durante un tiempo juré y perjuré que había sido uno de los peores días de mi vida.
Angie Rigo

