Estamos hablando de ello desde que vislumbramos los 40 en el horizonte: el viaje de amigas. Lo estamos planteando como si fuera un viaje fin de carrera: lejos, varios días fuera y sin maridos, hijos ni otras responsabilidades. Será como un impasse a la rutina diaria, a modo de inicio de la otra mitad del recorrido de nuestras vidas, la cuesta abajo.

Creo que va a ser un viaje bonito y yo, hasta hace poco, lo he visto con entusiasmo. Porque cada vez nos cuesta más reunirnos y porque, a través de mi pareja, ya sé lo que es perder a un amigo de nuestra edad. No sabremos durante cuánto tiempo vamos a poder estar todas. Como dice un amigo: “No te quejes de las bodas que, cuando te quieras dar cuenta, lo que nos reunirá serán los entierros”.

El cambio

Desde los 20, he vivido los inminentes viajes de amigas con mucha intensidad, ocupándome activamente de su preparación y pormenores. Da igual que fuera una escapada a una zona costera que una semana por Europa, yo no quería perderme nada.

Pero mis prioridades han ido cambiando y he pasado de hipersociable y fiestera a tranquila y más bien solitaria. A día de hoy, me siento incapaz de soportar la convivencia durante más de tres días seguidos con alguien que no sea mi pareja.

He podido comprobarlo en alguna que otra escapada con gente de fuera de esta microburbuja conformada por nosotros dos. Ni he tenido la misma ilusión de antes en los días previos al viaje ni he vuelto con la sensación de haberlo disfrutado al máximo. Es más, ha habido momentos en los que he estado deseando volver.

Considerando esto, ¿cómo voy a gastar un dineral en un viaje largo con amigas, que ellas mismas perciben como uno de los grandes viajes de sus vidas? Me va a suponer mucho esfuerzo pagar algo que ni siquiera sé si definir como una inversión en bienestar y/o diversión, así que me planteo seriamente retirarme.

¿Me arrepentiré si no voy?

Creo que no he sido más consciente en mi vida de lo que supone la evolución personal. Nunca me había sentido tan cambiada, tan diferente en cuanto a cómo fui y cómo soy.

Le estoy dando demasiadas vueltas, soy consciente. O sí o no, punto. Y la decisión que tome es inamovible, no puedo estar dándole vueltas a decisiones que ya he tomado para no hacer de la vida un martirio continuo de duda y escenarios imaginables (“y si hubiera…”). Y menos tratándose de algo tan poco trascendente como un viaje.

Pero también creo que en la vida hay que hacer esfuerzos por conservar relaciones con los demás, que la amistad es algo que cuidar y que demanda tiempo para mantenerse fuerte. Quizás lo único que necesito es cambiar la perspectiva, no anticipar lo negativo y dejarme contagiar por el entusiasmo. Porque, si voy renunciando y renunciando, me aislaré cada vez más. Podría tomármelo como una prueba de resiliencia y adaptación.

También se me ocurre plantear una escapada de fin de semana con la excusa (real) de que haya una alternativa asequible para todas. Sé que algunas no vendrían a un viaje como el que se está planteando, pero sí se sumarían si es algo más cercano y acotado en el tiempo. A un plan así o a una jornada completa, como si fuera una despedida de soltera versión “adiós treintena”, me uniría encantada.

Al margen de viaje sí, viaje no, me hago las preguntas de fondo. ¿Cómo se gestiona el equilibrio entre atender tus necesidades cambiantes (tendentes a la soledad, en mi caso) y someterte a incomodidades de vez en cuando por conservar a las personas de tu entorno y seguir siendo resiliente? ¿Cómo lo hacéis vosotras?