Cada vez que voy a un restaurante tengo que ver cómo muchos de los camareros, e  incluso de mis acompañantes, se toman a pitorreo el tema de mi alergia. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, preguntar mil veces si algún plato lleva frutos secos o puede  llevar trazas, no es por capricho ni por hacerme la interesante. Queridos, no es que me  pique un poquito la boca o me salgan manchitas en la piel si como frutos secos, ¡es que  se me cierra la garganta y me voy al otro barrio!  

Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k

Al final, una termina acostumbrándose a tener que «asustar» al camarero de turno para  que pregunte o avise en cocina de mi alergia, porque si no, no hay manera. Y qué queréis que os diga, no me apetece palmarla. Mis mejores amigas son conscientes de ello y  siempre que cocinan o vamos a algún sitio a comer, están casi más pendientes que yo del tema para no llevarnos un susto. De hecho, cuando una de ellas se casó, hizo un menú  adaptado para mí y cuando otra de ellas dio el sí quiero, tuve a un camarero  exclusivamente para mí que me servía alternativas y me avisaba, muy atento, de lo que  podía y de lo que no podía comer fuera de mi menú. 

Puede parecer una tontería, pero poder pasar un día sin tener que hacer las preguntas de rigor al camarero y disfrutar de la comida sin miedo, para una persona gravemente  alérgica como yo, es un lujazo. Y como no hay dos sin tres, al poco tiempo, otra de  nuestras amigas, anunció que pronto habría bodorrio por todo lo alto. Lo cierto es que le  cogimos la palabra, porque si algo tenía esta amiga en concreto, era mucha pasta y sobre todo, muchas ganas de que la gente lo supiera. Cuando nos imaginamos un fiestón de  alto copete al más puro estilo celebrity no nos quedamos cortas. La boda de la infanta  parecía una fiesta infantil a su lado. 

Todo era literalmente perfecto. Perfecto hasta que llegó la hora de comer y me encontré  con que los camareros no tenían ni idea sobre los ingredientes de los canapés. Cuando el maître me confirmó que prácticamente todo llevaba trazas de frutos secos, me quedé un  poco chafada, pero imaginé que una vez terminase el cóctel y entrase la comida «de  verdad», otro galló cantaría. Todos comían y comían y yo sólo bebía y bebía y me  acordaba de mi amiga, que no se había acordado de mí ni de mi alergia. Una vez que  terminó el cóctel y nos sentamos a comer, yo y tenía más hambre que el perro de un  ciego, tenía tanta hambre que hubiera comido hasta lentejas. Y ojalá hubieran sido  lentejas, porque al menos las hubiera podido comer. 

Delante de mí un plato de marisco. Soy muy consciente de que me van a funar, pero odio  el marisco y mi amiga lo sabe. Llamar al Telepizza cada vez me parecía menos  descabellado. A todo esto, mi amiga y el novio se acercan a las mesas para preguntar qué tal todo y yo, que soy idiota y no quiero estropearle el día, con la tripas rugiendo le digo  que buenísimo. Cuando llega el segundo plato y yo ya estoy pensando en comerme el  centro de flores, suspiro aliviada: carne. Ya iba a hincarle el diente llorando de emoción  cuando el novio de una amiga me avisa: la salsa lleva piñones. A mí ya me entró un tic en  el ojo. Le comento al camarero mi situación y me dice que nadie les había avisado de mi  alergia, que me traen un filete sin salsa. Por supuesto, ese filete nunca llegó a mi plato. 

Cuando desesperada, le pregunté al maître qué cojones podía comer, me trajo una tablita  de quesos. Y gracias, no vaya a ser que la chavala se indigeste. Eso sí, era lo que había y me lo comí con ganas. Cuando llegó la hora de la barra libre yo ya iba tan pedo que no  me corté en preguntarle a mi amiga qué cojones le había hecho yo para matarme de  hambre, si es que me veía gorda, si me odiaba o directamente quería matarme. Me dijo  que no se había dado cuenta, pero que con quitar los trocitos de frutos secos de la  comida, bastaba. Resumiendo, que yo era una exagerada y que eso de las trazas y la  alergia era una tontería.  

Al final me puse un poco cabezona y hambrienta y un amigo me acercó a un sitio de  comida rápida. Ya con el estómago lleno -de porquería, pero lleno-, seguí con la fiesta 

como si nada, porque no quería hacer una escena. Eso sí, antes de darle el dinero a mi  amiga, saqué unos cuantos billetes del sobre y me los guardé como concepto de daños  morales y alimenticios. Por las molestias. 

Mar Martín.