Me fui un fin de semana a Sevilla en plan parejitas. Los cuatro nos conocemos bien desde hace años y nos apetecía hacer una escapada para huir un poco de la rutina, juntos. Después de dejar las cosas en el piso que nos habíamos pillado, fuimos a hacer algo de turismo y a cenar. Aunque estábamos cansados, entre cañas y vinitos acabamos entonándonos y decidimos ir a echar unas copas por la Alameda de Hércules.

Cuando las chicas fuimos al baño, mi amiga me invitó a pasar con ella dentro del aseo y más ancha que pancha, hizo pipí delante mía mientras me hablaba de yo qué sé qué. Yo me quedé un poco en shock porque ahora me tocaba hacer a mí lo mismo y me resultaba incómodo, ella me lo notó y me preguntó que qué me pasaba.

Nunca se lo había contado a nadie pero me armé de valor y le confesé que tenía complejo de mi chirla. Siempre me había resultado poco estética, llena de pliegues y colgona, como un moco de pavo y es que sin poder evitarlo me había fijado en que ella tiene un bollete redondito con un hachazo perfectamente en medio con todo recogido, como un monedero de pellizco.

A mi amiga le dio un ataque de risa estridente que se tuvo que oír en todo el garito. Yo me moría totalmente de la vergüenza, está claro que no me esperaba esa reacción pero lo pasé por alto porque estábamos las dos ya borrachas. A continuación me cogió de las manos y me dijo que eso había que superarlo esa noche mismo y que ella me iba a ayudar. Salimos de allí y pidió en la barra dos chupitos.

Bailamos un buen rato y tuvimos que volver a ir al servicio. Estaba lleno de chicas y nos empezamos a retocar el maquillaje delante de un espejo mientras hacíamos cola.

Me preguntó que entonces cómo lo hacía con mi novio. Buena pregunta, no le había dejado nunca comerme el coño. Abrió tanto los ojos y la boca que parecía que le habían poseído, tanto que me dio la risa. Algunas chicas se volvieron a vernos y ella ni corta ni perezosa, les dijo que aunque no las conociera de nada, necesitábamos su ayuda y colaboración en un tema de suma importancia.

Así de bonita es la sororidad en los baños de las discotecas de chicas.

De momento se formó un corrillo y mi amiga les explicó que, solamente si les apetecía, se le había ocurrido que yo tenía que ver y comprobar con mis propios ojos esa noche mismo, la variedad de almejas que habitan en el vasto universo. Que ella aprovechaba la primera para mear con la puerta abierta, que ya no podía aguantar más, en señal de buena fe. “Sujétame el cubata”, me dijo.

Tierra trágame, iban a pensar que era una rara y mi amiga una loca o peor, unas pervertidas. Pero no, mi amiga terminó y vigiló en la puerta mientras una a una hacían lo mismo sin ningún tipo de pudor mientras me daban ánimos, asegurándome que no me iban a juzgar y dejaban a buen recaudo en mi temblorosa mano, sus copas.

Os juro que me emocioné y todo, era surrealista. Por lo menos cinco chicas muy dispuestas, cada una con lo suyo de su manera, me apoyaron meando delante mía a dar el paso y dejar de lado mi absurdo complejo. Le pegué un par de sorbos a mi gin tonic y de una, me bajé las bragas.

Todas, hasta las que no participaron, me lo miraron. Y todas, aseguraron que mi chochete era del todo normal. Qué alivio sentí, qué felicidad, de verdad. Me dieron clinex, me retocaron el rimmel y me abrazaron mientras que un portero aporreaba la puerta y se peleaba con mi amiga que le decía que se fuera de allí, que no pintaba nada a gritos.

Así acabé en el baño de una discoteca superando el complejo que tenía con mi chumi en una acción bodypositive improvisada.

Esa madrugada cuando llegamos al piso, mi pareja bajó al pilón y disfruté como una enana, desinhibida por completo gracias a todas esas mujeres que para levantarme a mí el ánimo, tuvieron el coraje de bajarse las bragas.

Anónimo

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