Siempre se dice que en los sitios caros uno se siente más seguro. Hoteles elegantes, personal impecable, todo cuidado hasta el último detalle. Por eso nunca imaginé que una de las pocas veces que me alojé en un hotel de cinco estrellas terminaría siendo el lugar donde alguien copiaría los datos de mi tarjeta.

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Todo ocurrió durante un viaje familiar a Granada. Habíamos ido para asistir a una boda y, como era un evento especial, decidimos alojarnos todos juntos en un hotel bastante exclusivo de la ciudad. Era de esos lugares con un gran vestíbulo, recepción elegante y un trato que desde el primer momento te hace pensar que todo está perfectamente controlado.

La estancia fue completamente normal. Disfrutamos de la boda, de la ciudad y del hotel sin ningún tipo de problema. Nada raro, nada sospechoso.

El único momento en el que usamos la tarjeta fue cuando llegó la hora de pagar la estancia.

Hay que recordar que esto fue hace años, cuando todavía no se usaba el pago contactless. Las tarjetas se introducían físicamente en el datáfono y muchas veces el empleado tenía que llevársela unos segundos para procesar el pago.

Cuando fuimos a pagar en recepción, el trabajador cogió la tarjeta y la introdujo en el datáfono. El aparato estaba detrás de la barra del mostrador, fuera de nuestra vista directa. En ese momento no le dimos ninguna importancia. Parecía un procedimiento normal y todo transcurrió sin ningún problema aparente.

Pagamos, recogimos nuestras cosas y nos marchamos del hotel con la sensación de haber pasado un fin de semana estupendo.

Durante un tiempo no pensamos más en ello.

Hasta que empezaron a aparecer movimientos extraños en la cuenta.

Primero fue una compra que nadie reconocía. Luego otra. Y después otra más.

Cuando revisamos bien el extracto nos dimos cuenta de que algo no cuadraba en absoluto. Había pagos que ninguno de nosotros había realizado: compras en Iberia, cargos en Badoo, movimientos en páginas de apuestas online y otras transacciones que claramente no tenían nada que ver con nosotros.

El susto fue inmediato.

En ese momento te empiezan a venir mil preguntas a la cabeza: ¿nos han hackeado?, ¿hemos comprado en alguna página insegura?, ¿dónde hemos usado la tarjeta últimamente?

Empezamos a repasar mentalmente todos los lugares donde habíamos pagado recientemente. Y había un detalle que nos llamaba la atención: la última vez que la tarjeta había salido de nuestra vista había sido en la recepción del hotel.

Contactamos inmediatamente con el banco para bloquearla y revisar todos los movimientos. Tras analizar las operaciones, el banco confirmó lo que ya sospechábamos: alguien había copiado los datos de la tarjeta.

El momento en el que ocurrió también coincidía con el día del hotel.

Es muy probable que alguien hubiera tomado los datos mientras procesaba el pago o mediante algún sistema de copia rápida de tarjetas, algo que en aquella época no era tan extraño como parece ahora.

Cuando sumamos todos los cargos fraudulentos, el total ascendía a unos 800 euros.

Por suerte, nos dimos cuenta relativamente rápido. Si hubieran pasado más días sin revisar la cuenta, probablemente la cantidad habría sido mucho mayor.

El banco activó el proceso de reclamación y el seguro asociado a la tarjeta cubrió todos los cargos fraudulentos. Finalmente recuperamos el dinero y la situación se resolvió sin pérdidas económicas.

Pero la sensación que queda después de algo así es extraña.

Porque uno espera que los problemas de seguridad ocurran en sitios dudosos o páginas raras de internet… no en la recepción de un hotel de cinco estrellas.

Desde entonces aprendimos dos cosas importantes.

La primera: revisar siempre los movimientos de la cuenta, incluso cuando todo parece normal.

Y la segunda: nunca perder de vista la tarjeta cuando alguien la está utilizando para cobrarte algo.

Porque a veces los lugares que parecen más seguros son precisamente donde menos sospechas que algo así pueda pasar.