Allá por el 2018, tras unas vacaciones, decidí tatuarme un diamante rojo. Aprendí que los diamantes rojos, de entre todos los diamantes, tenían el valor más alto por quilate por ser extraños y muy difíciles de encontrar. Que sí, tenían sus defectos, eran muy chiquititos y en subasta otros diamantes se llevaban el gato al agua, pero eso no negaba su valor. 

Me sentí identificada. Ir en silla de ruedas resulta un hándicap. Pero también es lo que me hace ver, pensar, sentir y vivir a mi manera. Bueno, mi silla de ruedas y todas las experiencias vitales que he experimentado. En su momento me dije a mi misma: “Mi misma, mírate, eres un diamante rojo”. Lo que yo no esperaba es que, años después, iba a ser aún más relevante llevar conmigo ese recordatorio. 

Serán los años, será el licor, será el poder de una canción, será Amaral viniéndome a la mente, pero la cuestión es que últimamente estoy con la identidad bastante tiquismiquis. A la que intentan transformarme en algo que no soy, me pongo que muerdo. Y mira que no soy una tía de autoestima encumbrada, ¿eh? Me falta calculadora para contar los días en los que no me he querido nada. 

Pero cada vez más, me protejo de un tipo de gente muy concreta. Esa gente que, cuando ve que vas a hacer lo que sea, casi antes de que empieces, te dice: 

“No, tú lo que tienes que hacer es…” 

¿Por qué asumen que hacerlo diferente a como lo harían los demás significa hacerlo mal o peor? Si un lugar, un proceso… te permite ser tú misma, ¿a qué le tenemos tanto miedo? Pues aún hay quien teme que nos salgamos del camino y probemos a pasear un rato por vías secundarias, a ver qué pasa. 

 

Da miedo la novedad, pero ¿no nos da miedo vivir por inercia? ¿No nos da miedo vivir como si nos pusieran un manual de instrucciones en una mano y un GPS en la otra? Y hala, a seguir la ruta que nos indica haciendo las cosas como se supone que se deben hacer. 

A mí me pusieron en las manos una silla de ruedas, un grupo de amistades que tenían cada cual lo suyo, exclusión en el colegio, bullying en el instituto. Me pusieron la necesidad de tener que luchar si quería cumplir mis metas. También oportunidades que otras personas no han podido disfrutar. Eso crea identidad, forja carácter. 

Aprecio a quien viene a enseñarme algo nuevo. No hago oídos sordos a los buenos consejos. No soy tan boba como para no abrirle los brazos a los grandes maestros que nos rodean. Pero no se puede vivir anteponiendo expectativas ajenas a las propias. No se puede renunciar tan alegremente a los principios y valores sobre los que se apoya nuestra esencia. No se le puede dar la espalda a nuestra propia historia. No puedo renunciar a mí misma. Queda gente que no te aconseja, no te intenta ayudar, simplemente quieren que hagas las cosas a su manera porque creen que es mejor que a la tuya. 

Estoy aprendiendo a honrar lo que me hace ser quien soy. Sin necesidad de que me digan que soy estupenda, que nunca me equivoco y que merezco un club de fans. No siempre soy estupenda, me equivoco mil veces cada día y merezco lo que se merece cualquier hija de vecina. Pero quiero tener derecho a vivir a mi manera, a confiar en mi instinto, a seguir mi criterio. 

Quiero ser un diamante rojo. Los demás diamantes son preciosos, pero yo soy un diamante rojo. Soy valiosa. Y quiero brillar con mi propia luz.

 

Marta Ramón Galindo