Aun me cuesta hablar de esto. Lo escribo por recomendación, como ejercicio para identificar esta historia conmigo y para poner en orden algunos pensamientos. 

Hace casi tres semanas, entré andando en urgencias y salí sin útero. No hubo aviso previo, ni señales ni nada que pudiera ayudarme a prevenirlo. 

Empezó con un dolor raro en el abdomen, como un pinchazo intenso que iba y venía. Pensé que era una regla fuerte y lo fui aguantando. A las dos horas estaba doblada en el sofá, sudando frío. A las cuatro, vomitando del dolor. A las seis, en el hospital.

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No tardaron mucho, en veinte minutos me estaban visitando. Yo me agarraba la barriga, intentando no gritar. Me hicieron preguntas y me mandaron una eco. Mi novio estuvo conmigo todo el rato y me llevó por todo el hospital con la silla de ruedas, con la bolsa del analgésico colgando. Cuando por fin me hicieron la eco, la ginecóloga pidió una analítica urgente y me pareció oír que les pidió a las demás médicas y enfermeras que no me pusieran nada más. 

Tuve una espera que se me hizo eterna en la camilla, intentando respirar hondo para sobrellevar el dolor. Ya había llorado y vomitado mucho, estaba muy cansada y solo quería que dejase de doler. En un minuto, entraron cuatro o cinco personas y me dijeron que entraba a quirófano. 

La cirujana me explicó que tenía una torsión ovárica. El ovario se había girado sobre sí mismo y no sabía cuan grave podía ser, porque yo llevaba varias horas con ese dolor. Me dijo que, en el mejor de los casos, perdía el ovario, que se habría necrosado por la falta de riego. Pero que existía la posibilidad de que hubiera una hemorragia interna por el riego acumulado y, si eso reventaba y ponía en riesgo mi vida, se verían obligados a sacarlo todo. 

No tuve tiempo a preguntar nada, me repetían que había que correr. Firmé todo como pude y en cuestión de minutos ya tenía puesto el gorro y me estaban llevando con la camilla.

Mi novio estuvo toda la conversación agarrándome del brazo y acariciándome diciéndome que todo iba a ir bien. Yo solo podía llorar. 

Llegué al quirófano. Hacía mucho frío y me pusieron una manta. Había mucha gente, todos ocupados. La anestesista me explicó que me iba a sedar, que iba a estar intubada y que necesitaba que contase de 10 hacia atrás. No recuerdo nada más. Ni si quiera contar. 

Cuando ya fui consciente, estaba en la sala de despertar, con algunos celadores que cuando les hablé, vinieron a comprobar la sonda que llevaba y la vía. Me dijeron que iban a llamar a la cirujana y que ahora vendría a hablar conmigo.

Por el tono que usaron ya sabía lo que me iba a decir. Mientras ella estaba viniendo ya se me caían las lágrimas. Pero no me notaba triste. No sé explicarlo. 

Ella se aseguró de que estaba bien despierta y entonces me lo explicó. Me dijo que el ovario estaba necrosado, que se había torsionado por un quiste, que lo intentaron extirpar, pero hubo una hemorragia interna importante, intentaron parar el sangrado, pero no fue posible sin quitar más, así que al final tomaron la decisión allí mismo. Histerectomía total. 

Recuerdo asentir. Recuerdo pensar que eso no podía ser. Como si me estuvieran contando la historia de otra mujer. Me dijo que me dejaba un tiempo para procesarlo y que, si quería, podía venir mi novio. 

Cuando él entró, rompí a llorar. No sabía muy bien por qué, no había procesado nada, pero estuve llorando en sus brazos hasta que me entró sueño, pedí que me subieran a planta y nos dormimos los dos. 

Estuve 3 días ingresada con la barriga muy hinchada. Cada vez que me cruzaba con el espejo, me veía una tripa como de embarazada y me daba mucho rechazo mirarme. Me dijeron que en la operación habían metido gas para tener más espacio durante la manipulación de los órganos y que tardaría un poco en irse. Tenía las heridas llenas de grapas y tapadas con apósitos. Me dolía el cuerpo y me dolía algo hondo, que aun no sabía colocar. 

Desde entonces todo es raro. Mi cuerpo está vivo, pero diferente. Tengo unas heridas que no paran de recordármelo. Me cuesta mirarlas, me cuesta mirarme. 

Me levanto despacio, me canso al ducharme, me seco las heridas No hay sangre, no hay útero. No habrá embarazo. Así, en pasado y en futuro al mismo tiempo.

Lo más duro no es solo la pérdida, es lo repentina que ha sido. No hubo decisión ni preparación para nada. No hubo duelo previo. No hubo tiempo para pensar. Un día tenía la posibilidad, aunque no estuviera buscándola, y al siguiente ya no. Ni si quiera sabía si quería ser madre antes de la operación, pero ahora todo ha cambiado para siempre. 

La gente intenta consolarme como puede. Me dicen que lo importante es que estoy viva. Y lo sé. De verdad que lo sé. Me siento culpable por estar triste, como si no tuviera derecho. Como si sobrevivir anulase el dolor. Pero tampoco diría que estoy triste, estoy más en piloto automático.  

También me dicen que puedo adoptar. Lo dicen rápido, como si fuera un parche. Como si el tema fuera tener un niño y no haber perdido algo. Nadie me dice “siento que te hayan quitado algo sin pedirte permiso”, y sé que puede sonar egoísta, pero eso es lo que siento.

Hay noches en las que pongo la mano sobre la herida, que ya empieza a ser cicatriz y me entra una tristeza muy concreta, muy física. Una sensación de vacío que no es solo simbólica. En terapia me han dicho que con el tiempo se pasa y que tengo que dejarme atravesar por esas emociones. Por eso estoy escribiendo aquí. 

Sé que hay más mujeres que habrán pasado por lo mismo, me encantaría escucharlas y ver si consigo arrojar un poco de luz en todo esto. 

Necesitaba decirlo en algún sitio donde no me miren con pena ni me corrijan el dolor o me digan como debería sentirme. Ni si quiera sé si me estoy sintiendo como debería sentirme, hay días que pienso que debería estar deprimida y llorando, pero no me sale. Mi cabeza solo me recuerda que no voy a poder ser madre nunca.