El sobrino de mi amiga ha entrado este curso en el instituto. Es un paso importante en una edad crítica, algo por lo que todos los familiares de adolescentes tienen que pasar: de un colegio que ha sido su nido a la incertidumbre de lo desconocido.
Una de las cosas que más se temen de esta etapa, y que también asusta a mi amiga y al resto del entorno del niño, es el acoso o bullying. Lo que pasa es que las historias que aumentan la sugestión son siempre muy maniqueas. Siempre que oigo hablar de casos de acoso escolar, el patrón es el mismo: un niño o niña inocente y bueno, incapaz de defenderse y blanco fácil de otra criatura que es mala desde que su madre la trajo al mundo. La narrativa no falla en un mundo tan maniqueo.
Precisamente mi amiga, en una conversación que tuvimos este verano, me habló del hijo del frutero de su barrio:
—Tía, ese niño no puede ser más bueno ya. Yo lo he visto siempre los veranos allí con su padre, muy calladito, muy tímido. Y este año estaba de triste… Qué lástima, tía. Todo porque a un niñato hijo de puta le ha dado por él. Vamos, que el padre lo va a cambiar de instituto porque está ya desesperado, que eso es otra. Al final, nadie le soluciona nada y el que tiene que cambiar de instituto es él, ¡la víctima!
Hay un acuerdo unánime ante esta realidad: es lamentable que ocurra y deberíamos hacer todo lo posible para evitarla. Siempre que escuchamos historias así conectamos con nuestro lado protector y pensamos en ese familiar que podría pasar por lo mismo. Mi amiga, como tenía a su sobrino a punto de entrar en el instituto, tenía esos temores a flor de piel y las ideas muy claras.
—Un niñato de esos no destroza a mi familia, vamos, lo tengo clarísimo. A la mía no. Y haría lo que tuviera que hacer.

Más allá de los buenos y los malos
La simple visualización de un familiar vulnerable sufriendo una injusticia así activa al gánster que todos llevamos dentro. Nos vemos capaces de tomarnos la justicia por nuestra mano. Sin embargo, creo que el acoso escolar es mucho más complejo que el relato de buenos y malos.
Debatiendo con mi amiga, le dije que ese “pequeño hijo de puta” al que se refería era un niño también. Que quizás tenía maldad y ganas de hacer daño por naturaleza, quizás tenía problemas. Además, los casos de acoso no suelen tener la evidencia de las agresiones físicas, que son solo la punta del iceberg. Cuchichear a espaldas de un compañero, hacerle el vacío o burlarse de lo último que ha subido a redes también es acoso.
Lo peor es que a veces se acosa por “tendencia”. Recuerdo un caso en mi instituto en el que, un día, a la chica popular y guay se le atravesó otra que no le había hecho absolutamente nada. La acosadora montó su relato para justificar su odio repentino y buscó cómplices. Muchas jovencitas deseosas de aprobación y de pertenecer a la camarilla de las populares alimentamos el bucle con anécdotas sacadas de contexto que ilustraban lo mala que era la víctima. Hasta que un día la esperó a la salida del instituto y, a punto de la agresión, a la otra chica la recogió una profesora en su coche. No se me va a olvidar la mirada acusadora que nos dedicó a todos los que estábamos en aquel corrillo, como buitres carroñeros al olor de la sangre.
Acordándome de aquella anécdota de mi propia adolescencia, le pregunté a mi amiga:
—¿Qué pasa si es tu sobrino el que hace bullying, y no el que lo recibe?
—Nosotros no lo hemos educado para que le haga bullying a nadie.
Esa afirmación tan contundente me pareció soberbia y me lleva a pensar que el bullying no se entiende como fenómeno en toda su dimensión. No lo entendemos ni nos informamos bien porque nos ciega el instinto de protección: si nuestro familiar es el acosador, “él/ella no es así” o “son cosas de críos”; si nuestro familiar es la víctima, “yo le doy una paliza al otro niño”. Y, por lo tanto, somos parte del problema.
¿Quién no le dice a mi amiga que su sobrino no vaya a convertirse en cómplice de acoso por obtener las simpatías de otros niños o por evitar ser él mismo el blanco de las burlas? Mientras otro tenga el rol de víctima, no lo tendrá él mismo.
Más nos vale a los familiares de niños y adolescentes que el instinto protector abarque a todos los niños, no solo a los nuestros, con el objetivo de convertir esto en una comunidad pacífica y no en la selva del “sálvese quien pueda”. Tenemos ejemplos que dar, y eso empieza por la autocrítica.