Todas hemos sufrido a esa amiga intensa que bien podría protagonizar el típico telefilm  malo de sobremesa: neurótica, obsesiva, victimista y muy pero que muy dramática. Así  resultó ser mi mejor amiga Lola. 

Lola y yo fuimos amigas desde que tengo uso de razón, pero nos hicimos realmente  inseparables cuando repetimos un año de instituto y nos quedamos solas viendo cómo el  resto de nuestros compañeros pasaba de curso. La verdad es que recuerdo aquella  época con mucho cariño, íbamos juntas a todas partes y no podíamos estar la una sin la  otra. Sin embargo, y aunque a ambas nos caracterizaba esa inseguridad propia de la  edad del pavo, ella estaba demasiado obsesionada con que era fea y gorda, y que yo me  llevaría a los chicos de calle porque a ella no la querría nadie jamás.

Cabe decir que  precisamente era ella quien ligaba mucho más que yo, que me quedaba en una esquina  muerta de vergüenza esperando a que algún chico se fijase en mí. Supongo que con los  años, mi cuerpo fue cambiando y mi actitud y seguridad en mi misma también. Me sentía  más cómoda hablando con los chicos y empecé a ligar bastante. Y fue por aquel entonces que mi mejor amiga se volvió un tanto dañina conmigo, haciendo comentarios ofensivos  sobre mi cuerpo, mi forma de vestir o los tíos con los que tonteaba. Yo no le di demasiada  importancia, supuse que serían celos tontos por «hacerle sombra», una estupidez, vaya. 

Al llegar a bachillerato, Lola decidió que no quería seguir estudiando y se puso a trabajar  mientras que yo continué en el instituto con la intención de ir a la universidad. A pesar de  que ya no nos veíamos en clase, continuamos viéndonos a diario, contándonos nuestras  cosas y saliendo por ahí a pasarlo bien. Los problemas empezaron cuando yo empecé a  relacionarme más con otra gente de mi clase. A ella no le hizo mucha gracia enterarse de que, en su ausencia, yo había empezado a hacer nuevas amistades. Ni que decir tiene  que, cuando me eché mi primer novio ella puso el grito en el cielo y todo fueron  reproches. Aún así yo no quería que mi mejor amiga se sintiese dejada de lado, así que  durante un tiempo intenté integrar a Lola en mi nuevo grupo de amigos del que mi chico  también formaba parte. Sin éxito. Ninguno de mis amigos aguantaba su soberbia, sus  constantes quejas por todo y su victimismo: era insoportable. Así que no me quedó más  remedio que dividir mi tiempo entre ambas partes. 

Un día me llevé una grata sorpresa cuando me dijo que había hecho piña con sus  compañeras de trabajo y yo, por supuesto, me alegré un montón por ella. Salían de fiesta, hacían planes y todo parecía ir sobre ruedas. Sin embargo, pronto empecé a notar que  esas salidas eran más una especie de vendetta (totalmente innecesaria, por otra parte) hacia mis supuestos desplantes y desaires. No hacía más que dejar constancia de esa  nueva vida y de sus fiestas a través de fotos en redes sociales con la típica frase lapidaria hacia una tercera persona que, evidentemente, era yo. Nuevamente, no quise darle  importancia y supuse que ya se le pasaría la tontería. Al fin y al cabo, ya no éramos crías  de instituto. O eso pensé. 

Durante los meses siguientes, se distanció un poco de mi, como si estuviese enfadada  por algo. Una tarde, después de días sin saber de ella (por aquel entonces no existía  whatsapp ni similar) y ya preocupada, fui a su casa. Me la encontré en pijama, muy  desmejorada y triste; me contó que había estado ausente porque días atrás estuvo  ingresada en el hospital donde le hicieron un lavado de estómago. Había intentado quitarse la vida tomándose una caja de pastillas porque se sentía muy sola. Yo enseguida me  puse a llorar, a sentirme fatal por no haberme dado cuenta de cómo se había estado  sintiendo y en los días siguientes no me separé de ella. Menos de una semana después,  vi unas fotos en redes sociales en la cuenta de una de sus compañeras de trabajo que me dejó helada. Estaban las dos de fiesta la noche en la que se suponía que había sido  ingresada en el hospital.

Al exigirle a Lola una explicación sobre por qué me dijo que había querido morir cuando  realmente había estado de borrachera, me dijo con total tranquilidad que ella nunca había  querido nada semejante y que si hubiese intentado suicidarse, se hubiese cortado las  venas. En ese momento enmudecí. No podía entender cómo una persona que  supuestamente era mi mejor amiga, había sido capaz de inventar algo así para llamar mi  intención y luego restarle importancia e incluso hacerme sentir como una loca. 

Obviamente, aquel día terminó nuestra amistad y aunque ella intentó acercarse a mi en  varias ocasiones, decidí romper todo contacto con ella. Algunas veces echo de menos a  aquella amiga del instituto, pero soy consciente de que una persona tan sumamente  manipuladora y capaz de jugar con algo tan serio como la salud mental, no se merece un  hueco en mi vida.

 

Mar Ausarta