En un grupo de amigas siempre hay una guapa, una chica que destaca por encima de las demás. En el mío, si hay un pibón con todas las letras, esa es Tamara. Desde que éramos unas crías llamaba la atención con sus ojazos azules y su piel canela, captando todas las miradas a su paso, allá donde fuera. A pesar de todo, ella nunca ha sido una creída, sino todo lo contrario. Siempre fue una chica bastante cortada e insegura, con una autoestima inexplicablemente baja que contrastaba con su belleza. Una belleza de la que, estoy segura, ella no era del todo consciente de poseer.

En nuestra época de instituto, cuando los chicos empezaron a ocupar gran parte de nuestros pensamientos y nuestro tiempo, mi amiga se pasaba los días frente al espejo sacándose defectos. La verdad es que a todas nos ponía negra, ya que cualquiera de nosotras hubiese dado un pie por ser la mitad de guapas que ella. Ni que decir tiene que, aunque Tamara insistiera en que no era nada del otro mundo, había una fila interminable de chicos haciendo cola para estar con ella. Todos se volvían locos por mi amiga y no era de extrañar.

Sin embargo, aquella timidez tan suya fue desvaneciéndose poco a poco y, con el paso de los años, Tamara pasó a convertirse en una chica bastante echada para adelante y segura de sí misma. Por fin se había dado cuenta de que era un auténtico pibón y que, más allá de eso, era capaz de comerse el mundo entero si le daba la gana.

Un día, aquella chica que hacía poco corría a esconderse cada vez que alguien sacaba una cámara de fotos empezó a subir contenido a sus redes sociales, donde posteaba un montón de imágenes en las que salía preciosa. Todas nosotras la animábamos constantemente para que se tomara en serio aquello, ya que creíamos con sinceridad que tenía mucho potencial.

Al principio solo era un entretenimiento para ella, pero al final, no sé si por voluntad propia o por dejar de escucharnos, se empezó a interesar por el mundillo del modelaje desde un punto de vista más profesional. Desde entonces, no dejó de asistir a eventos e intentar relacionarse con gente del sector con la idea de hacer contactos. Y lo cierto es que poco después lo consiguió. A pequeña escala, eso sí.

Hizo sus pinitos en algún desfile de poca monta, pero ella estaba tan ilusionada como si aquello fuera la pasarela Cibeles. Y dicho sea de paso, nosotras también. Pero lo cierto es que, aunque adoro a mi amiga con toda mi alma, posar y desfilar no era algo que se le diera nada bien.

Caminaba como un caballo percherón, poniendo caras raras y haciendo cosas aún más extrañas con el cuerpo. Cuando subía vídeos de sus desfiles o sus sesiones de fotos, la gente se reía de ella. Fue por eso que le recomendamos que se formara, que recibiera clases de modelaje y se tomase aquello muy en serio si de verdad quería dedicarse a ello.

Después de recibir bastante hate en sus redes, decidió hacernos caso y buscar ayuda de algún profesional a fin de mejorar y potenciar su estilo. Poco después dio con una agencia que descubrió navegando por internet y se apuntó a clases de modelaje. Estaba tan contenta que, cuando le pidieron más de mil euros para inscribirse, ni se lo pensó.

Empezó a hacer sesiones de fotos que le costaban una pasta, pero ella decía que cada euro merecía la pena, porque eran fotos muy buenas y profesionales, que le habían asegurado que le abrirían muchas puertas. Pero lo cierto es que nosotras no veíamos que hiciera ningún avance. Seguía sin salirle trabajo más allá de eventos bastante cutres que ella misma tenía que buscarse, desfilaba igual de mal y nos dimos cuenta de que estaba desperdiciando su dinero y su tiempo.

No hacían más que pedirle dinero con cualquier excusa: fondos para ropa, fondos para maquillaje, para material… Siempre había un motivo para pedirle dinero. Debimos hablar con ella mucho antes, pero no sabíamos cómo abordar el tema. Sin embargo, no hizo falta decirle que creíamos que aquella agencia no servía más que para sacarle la pasta.

Un día, de pronto, aquella especie de academia de modelos desapareció.

Y lo hizo con mucho dinero que tanto mi amiga como otras muchas chicas habían depositado bajo promesas de éxito, fama, aprendizaje y trabajo. Cuando una tarde Tamara fue a la agencia para hablar con uno de los fotógrafos, se encontró con la puerta cerrada a cal y canto. Intentó contactar con los dueños y otros trabajadores, pero no lo consiguió.

Poco después descubrimos que aquello no era más que un engaño para sacarle la pasta a todas, que su modus operandi consistía en pedir y pedir y pedir a modo de inversión y luego desaparecer. Mi amiga perdió muchísimo dinero en aquella estafa y, aunque denunció los hechos junto a otras mujeres afectadas, a día de hoy continúa sin saber nada de aquella gentuza.

Después de llevarse el disgusto, dejó aparcado su sueño de convertirse en modelo profesional y ahora sus pinitos en el mundo de la moda se limitan a subir fotos a sus redes de vez en cuando.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.