Un día, mi jefa me anunció que tendría nueva compañera. No quise dejar entrever mi más absoluta desesperación ni hacerme demasiadas ilusiones porque todas las chicas que habían pasado por allí eran más perras que Niebla y al final ninguna quería trabajar. Sin embargo, con Daniela todo fue distinto. Era una chica jovencita sin demasiada experiencia pero enseguida demostró tener muchas ganas por aprender y hacer buen equipo conmigo. Supongo que por falta de costumbre, me sorprendió comprobar que la chica era súper proactiva, curranta y muy resolutiva, no necesitaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer a cada rato.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/
channel/ 0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/
mundochollazo
Daniela no sólo fue todo un descubrimiento desde el punto de vista laboral, sino que a nivel personal también encajamos a la perfección. Al poco tiempo de llegar, pasamos de ser simples compañeras a buenas amigas. Salíamos por ahí, lo pasábamos bien juntas, nos contábamos nuestras cosas, buscábamos el consejo de la otra cuando teníamos problemas… Incluso le ofrecí mi descuento de personal siempre que lo necesitase ya que hasta que ella no fuera fija, no podría disfrutar de ello. Y es que alcanzada cierta «antigüedad», mi empresa nos facilita una rebaja en el precio de los productos a través de una tarjeta de crédito de la propia sucursal. Sobra decir que esta tarjeta es personal e intransferible y que sólo puedo utilizarla yo. Cuando Daniela quería comprar alguna cosa, ambas íbamos a la firma en cuestión, yo pasaba mi tarjeta, se me cobraba después de aplicarme el descuento y ella me abonaba a mí el valor en efectivo.
Sin embargo, una mañana estando en mi casa, me llegó un correo electrónico de mi empresa dándome las gracias por mi compra. Extrañada, leí el correo con detenimiento y vi que adjuntaba un ticket en el que decía que yo había comprado ropa por valor de 75 euros hacía tan sólo quince minutos. Me dije a mí misma que quizá fuera un error, pero cuando vi que la tarjeta no estaba en mi cartera, entré en pánico. Enseguida llamé a atención al cliente donde me recomendaron anularla, solicitar una nueva y, por supuesto, denunciar para reclamar el pago de esa compra que yo no había hecho. Y con el disgusto, aquella misma tarde fui a trabajar sin ser consciente del movidón que me esperaba.
Al llegar fui corriendo a contarle a Daniela que me habían robado. Me desahogué sobre el coñazo que suponía tener que poner una denuncia al día siguiente y despotriqué a lo bestia contra el listo o la lista que me habían robado la tarjeta. Mientras me acordaba de los muertos más frescos de los ladrones en cuestión, notaba que mi amiga estaba un poco distante y cuando le pregunté qué le pasaba, me contestó que tenía otras cosas en la cabeza y lo dejé estar. Cuando llegó la hora de irme a casa, me despedí de Daniela y al echar mano de la cartera para sacar el abono transporte, vi que la tarjeta de crédito robada, volvía a estar en su lugar. Perdona, ¿qué? ¿Acaso ese pedazo de plástico tenía vida propia? ¿Aparecía y desaparecía cuando le venía en gana?
Pues la respuesta era más sencilla pero mucho más increíble. Tal y como ella misma terminó confesando, Daniela me había quitado la tarjeta sin decírmelo para hacer sus compras con la intención de pagarme después. Es decir, mi amiga no sólo me había robado sino que además le traía al pairo que un jefe nos echase a la calle por creer que yo iba prestando mi tarjeta aun estando prohibido. A todo ello, sumémosle el hecho de que ni siquiera hizo el amago de devolverme el dinero. Con todo su papo, me dijo que lo sentía, que no pensaba que fuera tan grave ya que como yo misma le había dicho que tenía descuento con mi tarjeta «siempre que quisiera», me la cogió sin decirme nada para «no molestarme».
Lo más bonito que le dije fue sinvergüenza y aprovechada, le dejé bien claro que si no me devolvía mi dinero en el acto, ya sabía qué nombre debía poner en la denuncia. Como si no fuera consciente de la gravedad del asunto, Daniela siguió disculpándose bajo la excusa de que no lo había hecho con mala intención. Cuando me pagó y me dijo que no quería que nuestra relación se viera afectada por un «malentendido», me eché a reír. Allí no había ningún malentendido: me había robado la tarjeta, la había usado sin mi permiso y había puesto en peligro mi trabajo.
Al día siguiente pedí el traslado a otra tienda, con la gran suerte de que había disponible una más cerca de mi casa. Nunca le dije a mi jefa lo que había pasado por miedo a que Daniela mintiera, que dijera que yo le había dado permiso para utilizar mi tarjeta y que todo aquello terminase conmigo en el paro. Tampoco volví a ver a mi supuesta amiga. Supe por terceras personas que se marchó al poco tiempo. Sólo espero que sus nuevas compañeras tengan sus pertenencias a buen recaudo.