El de la clase media es un concepto que nunca he entendido. Es más, me fastidia. Así que el otro día, en medio de un debate en cualquier terraza de bar, le pregunté a una amiga que se agrupó dentro de la clase media qué consideraba ella como tal.

Me habló de su amigo ingeniero no-sé-cuál, que cobra 5.000 euros y vive holgadamente. Y de un matrimonio que, entre los dos, se embolsan una cifra similar mes a mes, porque son profesores. Ella está es muy lejos de dichas cifras, pero se considera clase media porque tiene una vivienda en propiedad.

—Hombre, son 400 o 500 € que yo tengo al mes más que cualquiera que vive de alquiler.

Eso nos soltó a otra amiga y a mí, que sí nos consideramos orgullosamente clase obrera, y no solo por el hecho de que ambas vivimos de alquiler.

Mariló, la señora de clase media, se precipita a los 40 años y va su por su cuarta FP tras estudiar una carrera y un máster, intentando sumar los máximos puntos posibles para una bolsa de empleo público que no termina de moverse.

A Mariló se le estropea el coche, la lavadora o el frigorífico y se queda a la cuarta pregunta.

Mariló a duras penas llega a los 15.000 € anuales.

Al padre de Mariló le quedó una pensión de mierda después de acumular mucho tiempo de baja por enfermedad los años previos a jubilarse.

A Mariló la llaman para cubrir turnos con una antelación incompatible con una planificación decente de sus planes inmediatos.

Pero Mariló se considera una señora de clase media.

Me limité a decirle que, en mi opinión, todas las personas que dependen de la fuerza de su trabajo para tener unas condiciones materiales de vida dignas se pueden considerar de clase obrera. Ella no estaba de acuerdo.

La mentira de la clase media

Creo que el concepto este de la clase media no tiene ninguna utilidad sociológica, solo sirve para dividirnos. Mi amiga Mariló demostró sentirse superior a dos de sus amigas por tener una vivienda en propiedad, igual que el español y la española media culpan de la situación económica a los “cobrapaguitas”. En lugar de luchar por la mejora de los derechos laborales y la justicia social, con solidaridad y empatía entre nosotros, hay gente con ínfulas infundadas que se creen más cerca del patrón que del compañero de trabajo.

Pero resultó que mi amiga volvió a encenderse con un tema relacionado en un encuentro posterior a ese. En aquella ocasión se presentó irritada porque le había pedido un par de días libres a su jefe, a cuenta de no sé qué, estaba convencida de que estaba en su derecho de disfrutarlos y el patrón le estaba haciendo la 13/14. Había convertido aquello en un desafío personal:

—Me lo vas a dar, ¡claro que me lo vas a dar! A mí no me va a mangonear el hijo de puta ese, con todo lo que gana, ¡hombre! Yo me estoy partiendo los cuernos como una cabrona día tras día y voy a usar cada uno de mis derechos, ¡ni más faltaba! Y tú, que eres tan roja, deberías de estar de acuerdo con esto.

La señora de clase media se había convertido en una jacobina exaltada de repente, fíjate tú. Entonces, serena, le pregunté qué iba a hacer si no le daba los días. De todas las cosas que pudo decir, la tía me soltó la más graciosa de todas: que difundiría su problema en redes sociales.

¡Ja! Ay, alma de cántaro. Me tuve que reír. Mi amiga ya se veía con su post lleno de comentarios de gente indignada queriendo quemar la casa de su jefe con él dentro, comandados por ella misma en plan libertad guiando al pueblo. Así que se lo tuve que decir, no vaya a ser que algún día quiera pasar a la acción de verdad:

—¿En qué realidad paralela vives? ¿Quiénes te van a ayudar, los chavalitos de 20 o 25 años que aspiran a ser “youtubers”? Vete a cualquier vídeo de alguien que cuente problemas laborales, te lees los comentarios y luego me cuentas.

Estuve por ponerle el vídeo de la trabajadora de una cafetería que explicó que le daba igual que los clientes se pasaran allí 3 horas con un vaso de agua, o que entraran a echar un truño y salieran sin consumir, porque ella seguiría cobrando una miseria por hora. Liberales, criptobros, lladers y otra ralea la acusaron de mala profesional y, por supuesto, entendieron perfectamente que la echaran del trabajo por ese vídeo.

Nada movería un dedo por ti, Mariló, ¿y sabes por qué? Porque la clase obrera, a la que tú perteneces, está desactivada con aspiraciones inalcanzables, creyéndose “clase media” y apuntando a los que creen que están por debajo de ellos.