Antes de entrar en harina y como no quiero enfrentarme a una denuncia por calumnias porque con sus aires de superioridad ya tenemos suficiente, llamaremos a mi amiga por el nombre ficticio de Carmen y al susodicho, por el de Alejandro.
Carmen y yo fuimos amigas desde la guardería, su madre y la mía eran íntimas y la verdad es que ella está presente en todos y cada uno de mis recuerdos de infancia y adolescencia. Carmen siempre fue una tía muy divertida y natural, era de esa clase de personas en las que puedes confiar porque se mostraba tal y como era; lo que veías era lo que había, sin trampa ni cartón. Ambas procedemos de familias humildes y aunque nunca tuvimos un duro, éramos felices llevando una vida sencilla y sintiéndonos orgullosas de ser unas chicas de lo más normal, unas chicas de barrio.
La primera vez que nuestros caminos comenzaron a separarse fue con la llegada de la universidad, ya que cada una fue a una facultad distinta en diferentes puntos de la ciudad. Una noche, Carmen salió con sus compañeras de clase a una discoteca de postureo que por aquel entonces estaba muy de moda y cómo no, plagadita de famosos. Pero lo que nadie se esperaba, incluida Carmen, era que Alejandro estuviese allí y se quedara pilladísimo de ella. Cuando me contó que habían pasado la noche juntos, ella era la primera que creyó que aquello sería un simple rollo de una noche, una anécdota divertida y alucinante que contar. Mi amiga no quería hacerse ilusiones porque es de sobra conocido el comportamiento de esta clase de tíos con sus admiradoras, pero Alejandro quiso seguir viéndola y para sorpresa de todos, empezaron a salir y al poco tiempo, ya estaban casados.
Carmen me contaba que se sentía completamente fuera de lugar cada vez que salían a cenar, cuando tenían que posar para los medios en algún evento o cuando hacían algún viaje, ya que su estilo de vida y sus posibilidades económicas nada tenían que ver con las suyas. Al principio nos invitaba a todas a pasar la tarde en su piscina y a tomar el sol en el jardín, nos enseñaba con mucha ilusión el vestidor de sus sueños, nos prestaba ropa y maquillaje, venía a visitarnos al barrio y a pasar tiempo con su familia, seguíamos saliendo juntas por los mismos sitios de siempre… En resumidas cuentas, continuaba siendo la misma chica de siempre pero con una nueva vida.
Sin embargo, a medida que lo suyo se fue consolidando, empecé a notar a mi amiga mucho más cómoda y resulta en el entorno de su chico. Tanto que llegó un punto en el que pensé que me habían cambiado a Carmen por Paris Hilton. No hacía más que presumir de sus nuevos modelitos, del viaje que había hecho o del que iba a hacer, del dinero que se había gastado en tal o cual cosa, de a qué famoso había conocido… Reconozco que albergaba bastantes prejuicios sobre Alejandro y en mi mente le culpé mil veces de haber transformado a mi amiga, pero me sorprendió mucho, cuando le conocí me di cuenta de que era un tío de lo más sencillo y que él no era el responsable de los aires de diosa que se daba su mujer.
Estábamos convencidas de que detrás de toda esa nueva petulancia, seguía estando nuestra amiga, aquella chica de barrio divertida y cercana. Hasta que un día, después de meses sin saber nada de ella, coincidimos en el cumpleaños de su prima, la cual formaba parte de nuestro grupo de amigas de toda la vida. Carmen apareció vestida como si aquello fuera el festival de cine de Venecia, poniendo cara de asco mientras entraba a casa de su propia familia y escudriñaba cada rincón como si no hubiera pasado la mayor parte de su vida entre aquellas cuatro paredes. Cuando su tía se acercó a darle un beso y a cogerle el abrigo, ella le dijo que hiciera el favor de tener cuidado, que no lo pusiera con el resto, porque era muy caro. No quiso darle el bolso, le dijo que era de Chanel y que prefería no separarse de él.
Se pasó toda la noche poniendo pegas a la casa, a preguntar por qué no contrataban a una chica de la limpieza y agarraba sus cosas como si se las fuéramos a robar. Aquel día tuvimos que rendirnos a la evidencia y aceptar que nuestra amiga ya no era la misma persona, que para ella, sólo éramos pasado. Si antes del cumpleaños hacía meses que no sabíamos nada de Carmen, después de aquello sólo volvimos a verla en las revistas y en sus redes sociales, donde ni siquiera nos sigue y donde presume de vida ignorando nuestras llamadas y nuestros mensajes.
Anónimo.
