Ando preocupada por un buen amigo al que últimamente veo algo desubicado. Tiene un contexto peculiar. Sus padres son personas muy solventes y con puestos de relevancia, y siempre le han exigido mucho. Él lleva toda la vida formándose, pero, por determinadas cuestiones, no ha alcanzado el impacto que han alcanzado sus progenitores. No tiene por qué hacerlo, tendría que poder vivir su vida como quisiera. Pero, cuando llevas toda tu vida con una premisa, es muy difícil desprenderse de creencias, desaprender, averiguar tu propio rumbo y tomarlo sin remordimientos. Más aún si tienes presiones.
A día de hoy, ocupa un puesto muy por debajo de su cualificación, en un trabajo que no le hace feliz porque no casa con sus expectativas. Y porque, además, no se siente relevante dentro de la empresa, que es lo que a él le gustaría. En cuanto a su relación de pareja, creo que es de estas personas que están por estar. Es decir, por convencionalismo, por miedo a la soledad o cualquier motivo diferente al amor puro, la compenetración y el compañerismo.
El entretenimiento
Mi amigo ha tomado la costumbre de frecuentar el bar de moda de la ciudad. Está llena de jóvenes estudiantes día tras días, a veces cerrando sus puertas a las tantas de la mañana aunque sea un día entre semana. Parece que allí mi amigo ha encontrado su ambiente.
Llega, se toma no sé cuántas cervezas, entabla conversación con los chavales y comienza a contar historias que entretienen a propios y extraños. Cuando no son historias, son numeritos tipo un hidalgo tras otro (beber de un solo trago), bailes estrambóticos y retos propios de adolescentes en los que llega a poner su cuerpo en peligro. Cualquier cosa le vale si a cambio la chavalada sigue bebiendo y riéndose.

Por comentarios que ha hecho, sé que él piensa que es muy popular, cae superbién y es algo así como un “héroe” intergeneracional, alguien con quien cualquiera querría pasar mucho tiempo. La realidad, por lo que sabemos de algunos de estos chavales, es que solo es una fuente de entretenimiento. El hazmerreír.
A tanto ha llegado el asunto que se ha convertido en la comidilla. Cada vez se cuentan más historias de sus peripecias en el bar, y no solo se cuentan más, sino que las cuentan más personas. Hasta en el último rincón de la ciudad parecen ya conocerlo como personaje público. De hecho, es frecuente que me hagan comentarios del estilo: “Tu amigo [nombre] está fatal, ¿no? Me contaron que el otro día [anécdota aleatoria]”.
Su pareja es la única que le dice la verdad, pero lo hace sin asertividad ni empatía de ningún tiempo. Más bien, lo ridiculiza. “Sí, venga, vete otra vez al bar a hacer el payaso, que se te da muy bien”. No se puede decir que esté cansada, siempre lo ha tratado igual. Ya digo que es una relación rara en la que no hay casi respeto, pero aún menos admiración.
La necesidad de validación
Creo que ese bar es un cubo de arena en el que mi amigo esconde la cabeza de una vida infeliz, con padres a los que no nota orgullosos, un trabajo de mierda y una relación de pareja que no lleva a ningún sitio.
El escenario es distinto en ese bar. Allí es donde mi amigo obtiene la validación y la gratificación que no encuentra en su entorno más cercano. Allí tiene un rol definido, un objetivo claro y la compensación en forma de risas de chavales entre los que cree que despierta admiración. Los efectos del alcohol transforman la realidad de la vida tediosa que no merece.

Como digo, estoy preocupada por mi amigo por varios motivos, entre ellos, su incipiente alcoholismo si sigue por este camino. Sé que, además, el viaje de sensaciones que tiene en el bar es cortoplacista: los días siguientes, además de la resaca, padece culpa y cuestionamiento personal. Cada vez es más consciente de que se ríen de él y cada vez se siente más incómodo con ello, pero más dependiente.
Desearía que mi amigo lograra emanciparse de las presiones familiares y entendiera que con llevar una vida feliz sería suficiente. No tiene que demostrarle nada a nadie. Pero su caso me hace pensar en todos esos “borrachines” anónimos de bar, que los hay en todos los sitios. Quizás han tomado muy malas decisiones, quizás solo están escapando de algo. Con frecuencia, las dos cosas al mismo tiempo.