Me gustan los cómics, me gustan los mangas y me gustan los videojuegos. Un friki de manual que, al tener ya cierta edad, me dificulta las interacciones sociales, sobre todo fuera de este círculo. Y ya de las relaciones sentimentales, mejor ni hablar. Llevo mucho tiempo en el dique seco, en todos los aspectos. Participo en varios foros temáticos de mis aficiones y, al menos virtualmente, tengo un cierto grado de reconocimiento por mi experiencia y saberes. Al menos, los años ayudan en algo, ya que llevo mucho visto y leído.

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Hace unas semanas, me abrió una chica, jovencita parecía, en uno de los foros, haciéndome un par de preguntas a las que contesté con facilidad. Me dio las gracias. Al cabo de unos días, me volvió a abrir y la conversación fue agradable. Hemos ido interactuando virtualmente y parecía que había conexión. Así que, por enésima vez, pensé que, de perdidos al río, y por qué no volver a intentarlo (aunque ya imaginaba que podía acabar como casi siempre, dándome la gran hostia padre). Pero bueno, ese día brillaba el sol y yo sentía un optimismo raro en mí, así que no quise desaprovecharlo.

Total, que le dije que, si quería, podíamos ir a tomar un café, y para mi sorpresa y mi alegría, me dijo que sí. Y quedamos para ese fin de semana. El café no fue mal. La chica efectivamente era más joven que yo. Le sacaba unos diez años. Entre otras muchas cosas, me contó que le encantaba hacer cosplay de personajes de manga. A ver, no es mi rollo, pero creo que la gente se lo curra mucho con estos temas y hay algunos trabajos y caracterizaciones que son auténticas obras de arte.

Esa noche me dijo que se lo había pasado muy bien y que podíamos repetir cuando quisiera. Durante la semana, me dijo que el viernes tenía la casa para ella sola y que podíamos quedar. A ver, llamadme iluso, pero yo creía que me había tocado el premio gordo sin siquiera jugar a la lotería, porque era ella la que me estaba proponiendo tener una cita en su casa. Acepté, obviamente. Esa tarde hice todo lo posible por maquearme, calmar mis nervios y armarme de valor. Y allí que me fui.

Cuando me abrió la puerta relativamente ligera de ropa, yo me extrañé, en un primer momento. No podemos negar que no soy precisamente un Adonis y se me hizo raro que fuera tan a saco. Pero me hizo entrar, cerró la puerta y me llevó a su habitación. Cuando entré, aquello parecía mitad campo de batalla mitad tienda de manualidades. Por todos lados había goma eva, cartuchos de silicona, telas, algodón, cartones, pintura acrílica, esprays, maquillaje… Y un maniquí a medio vestir.

Me fue explicando que se iba a presentar a un concurso de cosplay y que quería ganar. Y sabía que, si yo le ayudaba, con mis conocimientos, la representación sería tan fiel que seguro que ganaba. Y que si sujeta aquí, que si dame un par de puntadas por allá, que si qué te parece mejor, este color o este otro… Me pasé la “cita” jugando a Art Attack.

No, no me comí un colín. Además, literal. Porque no me dio ni de cenar. A la que conseguimos acabar el disfraz me dijo que estaba muy cansada y me invitó muy amablemente a irme a mi casa. Durante los siguientes días, no me dijo nada. Hasta ayer, que me dio las gracias porque había ganado. Y ya. Me siento oficialmente utilizado.