No me cae bien mi cuñada, lo reconozco. Es una enterada, todo lo sabe, de todo entiende y siempre tiene ella la razón. Está casada con el hermano de mi marido, llevan juntos toda la vida así que nos conocemos hace muchos años y desde entonces, no me gusta. Aunque, sinceramente creo que es algo mutuo, yo a ella tampoco le caigo muy bien. Esas cosas se notan.
Pero es que ya desde que mi cuñada se convirtió en madre, las reuniones familiares comenzaron a girar en torno a ella y a su bebé. Teníamos que comer a la hora que ella dijera, reunirnos donde a ella la pareciera mejor, y por supuesto, nada de coger a su hijo en brazos sin su previa aprobación.
Dos años después, mi marido y yo fuimos padres de gemelos. Pero como su hijo nació primero, ya fue coronado como el rey de la casa y para mis suegros siempre ha sido su ojito derecho, así que ella hace y deshace a su antojo en todo lo que tiene que ver con los niños.
Ella era la reina indiscutible de la organización navideña, los cumpleaños y cualquier celebración. Con los regalos siempre le ha echado mucha cara.
Al principio, me parecía cómodo: ella compraba siempre los regalos de su hijo, nos decía cuanto se había gastado y se lo pagábamos. Pero cada vez le echaba más cara y los regalos eran más caros.

Al nacer mis hijos, me di cuenta de que había muchas diferencias entre los niños. Mientras ella elegía para su hijo regalos muy caros, a los míos los apañaba con cualquier juguete del chino. Cuando se trataba de regalar ropa, su hijo tenía que ir vestido de marca mientras a mis hijos les regalaba ropa de Primark.
Yo era incapaz de hacer como ella, a mí me preguntaban qué regalarles a mis hijos y decía cosas sencillas. Nunca me gustó eso de encargarme yo de comprar y que me dieran el dinero. Me parece feo, prefiero que cada uno se gaste lo que pueda o crea conveniente.
Su hijo ha ido creciendo y cada vez los regalos son más caros: que si una silla gamer, que si un dron, que si una guitarra eléctrica… regalar a mi sobrino me implicaba a mí cortarme de muchas cosas el mes de su cumpleaños.
Pero lo que empezó a molestarme de verdad fue que mis suegros delegaban en ella la compra de los regalos de mis hijos. Se notaba a la legua que eran cosas que había comprado ella. Pero es que en Navidad se notaban muchos las diferencias: mientras su hijo recibía regalos valorados en más de 100€, a mis dos hijos les regalaban juguetes random baratos que ellos no habían ni pedido.
Harta de ver cómo mi sobrino siempre salía ganando, decidí empezar a encargarme yo también de los regalos de mis hijos. En el cumpleaños, les compré los regalos de parte de sus abuelos y de sus tíos, y la verdad es que compré lo que me dio la gana. Cuando le dije a ella cuanto me tenía que dar, no me dijo nada, me hizo un bizum y ya está. Sin embargo, mis suegros se quejaron. Les pedí 60€, treinta por cada niño, y les pareció mucho. Cuando a su otro nieto le regalan cosas de ciento y pico euros…
En Navidad la cosa se puso tensa. Mi cuñada dijo que el niño quería la Play 5, y que como era un regalo caro nos podíamos juntar mis suegros y nosotros. Si, genial, un regalo de 500€ a repartir en dos partes. Unos 250€ me iba a costar la broma.

Viendo que mi cuñada le echaba morro, pues yo pedí para mis hijos un patinete eléctrico. Uno para cada uno, que tengo dos hijos. Además, les mandé por WhatsApp el enlace de Amazon del modelo que querían, costaba trescientos y pico. Mis suegros se negaron, su argumento era de risa, que ya se iban a gastar mucho dinero en el nieto mayor, que no tenían para los tres. Vamos, que para la Play ponían pasta pero que para lo de mis hijos no había.
Entonces decidí darles una lección. Les dije que no pasaba nada, que se compraba algo más económico para los míos y ya estaba. A mi cuñada le dije que me encargaba yo de la Play, que tenía una amiga que trabajaba en una tienda de tecnología y que me hacía descuento. Era mentira, pero quería quitarle del medio y encargarme yo de los regalos.
¿Sabéis que hice? Compré la Play, y por otro lado, ropa de Primark. Cuando envolví los regalos, en la Play puse el nombre de mis hijos y en el otro paquete, el de la ropa, el nombre de mi sobrino. De hecho, la ropa la metí en una caja grande y ambos paquetes ocupaban prácticamente lo mismo.
La mañana de Navidad, fuimos a casa de mis suegros y allí estaban los regalos bajo el árbol. Los había dejado Papá Noel por la noche. Cuando abrieron los paquetes y vieron lo que le habían traído a cada uno, la cara de mi cuñada era un poema. La de mi sobrino también, pobrecito, pero lo siento por él, su madre necesitaba que le dieran un escarmiento.

La primera reacción de mi cuñada fue decir que Papá Noel se había equivocado al poner nos nombres en los paquetes. Y allí estuve yo rápida, le solté. “¡No! Porque la ropa es de la talla de tu hijo, los míos son mas pequeños”.
Me echó una mirada de entre asco y odio. Le salía humo por las orejas, sé que me habría matado allí mismo. Pero no fui tan mala, la ropa iba con ticket regalo por si quería cambiar algo.
Pues así se quedó la cosa. Mis hijos felices con su consola nueva y mi sobrino cabreadísimo, y su madre más. No contenta con todo esto, al día siguiente le mandé un WhatsApp y le puse:
“Me debes 250€, vuestra parte de la Play 5 de mis hijos. Cuando puedas me haces un bizum. Gracias”
Jamás me pagó ese dinero, pero tampoco esperaba que lo hiciera, y no sabéis lo que disfruté. Se pasó meses sin dirigirme la palabra y para el siguiente cumpleaños de su hijo ni nos invitó.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.