Estoy segura de que todas hemos tenido en nuestro historial amoroso a ESE chico. Una de esas personas súper especiales que, sin previo aviso, llega a tu vida poniendo el mundo patas arriba, que te enseña lo que es el amor, la pasión, el significado de que te quieran bien. Esa persona que todavía, pese a los años, te hace suspirar cuando la recuerdas. En mi caso, ese chico se llamaba Alberto y, aunque ya no estemos juntos en el sentido literal, siempre le recordaré con muchísimo cariño como mi primer gran amor.
Conocí a Alberto una noche en el cumpleaños de mi prima y desde el minuto uno, me quedé loquita perdida con él. Era el amigo del novio de mi prima y nos pasamos horas y horas hablando y contándonos nuestras cosas porque, además de increíblemente guapo, era un chico muy atento, culto y divertido, a pesar de lo difícil que había sido su vida. Su madre era alcohólica y, en ocasiones había llegado a agredirle tanto a él como a su hermana menor, de quien tuvo que hacerse cargo desde pequeño, ya que su padre nunca estaba en casa y prácticamente, les había abandonado. Esas carencias afectivas y la ausencia de una figura paterna, le llevaron a juntarse con malas compañías. Conforme fue avanzando la noche yo ya era consciente de que entre los dos había un tonteo implícito y él terminó de confirmar mis sospechas cuando, al final de la noche me preguntó «¿puedo besarte ya?». En aquel momento me derretí viva y, días después, empezamos a salir oficialmente. Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida.
Sin embargo, yo era una cría de dieciocho años y, supongo que no supe apreciar lo que tenía, porque poco a poco nos fuimos distanciando y al final del verano, lo nuestro terminó. Pese a todo, Alberto y yo quisimos seguir siendo muy buenos amigos y, aunque con el paso del tiempo, cada uno hizo su vida, siempre tuvimos presente al otro en ella. Sin embargo, años después, tuve la mala suerte de dar con la peor persona que he tenido la desgracia de conocer y, totalmente ajena a lo mucho que iba a sufrir y a cambiar mi vida, empecé a salir con él. Fueron años de maltrato, humillaciones y órdenes, entre las cuales estaba, por supuesto, no tener ningún amigo hombre. Así que yo, imbécil de mí, borré a Alberto de mi vida de la noche a la mañana y sin darle ninguna explicación. Borré de mi vida a aquella persona que tan estupendamente me había tratado y que tanto y tan bien me había querido, sólo porque mi ex me lo pidió. Así pasaron siete años, sumida en una pesadilla de miedo y sumisión y sin saber nada de Alberto.
Hasta que un día, el destino o la suerte, quiso que José, uno de mis primeros novietes, volviera a mi vida después de mucho tiempo sin tener contacto. Estuvimos hablando durante mucho tiempo, recuperando nuestra amistad a escondidas de mi ex, por supuesto. Gracias a él, hoy puedo decir que soy una mujer libre, que estoy viva y que he vuelto a ser yo misma. Gracias a él reuní el valor suficiente para abrir los ojos y ver que no merecía nada de aquello y que tenía que salir de ahí sin perder más tiempo. Fue duro pero lo conseguí. Después de aquello, José y yo no nos hemos vuelto a separar y ya llevamos juntos ocho años. Nada más recuperarme, pensé en Alberto y en la necesidad que sentía de disculparme y poderle explicar lo sucedido, aunque no sabía si él, estaría por la labor.
Ya no tenía su número de teléfono porque mi ex me hizo borrarlo, así que me costó un tiempo poder localizarle. Cuando por fin di con él en redes sociales se llevó una alegría inmensa (y yo también dicho sea de paso) y, a los pocos minutos, ya estaba en mi la puerta de mi casa para darme un abrazo. Como la noche en la que nos conocimos, estuvimos horas y horas poniéndonos al día. Me quedé de piedra cuando me contó que la vida que llevaba años atrás le había pasado factura , y es que había pasado unos cuantos años en la cárcel. Hacía muy poco que había salido y quería rehacer su vida, lejos de todo aquello que le había llevado a perder su libertad.
Pasaron los días y los meses y continuamos siendo buenos amigos, hasta que un día me confesó algo. Me dijo que se había dado cuenta de que seguía enamorado de mí, a pesar de que habían pasado muchos años, que sabía que yo era la mujer de su vida y que si algo le había dado fuerzas para seguir allí dentro, era poder buscarme y reencontrarse conmigo fuera, no por saber por qué había desaparecido sin más, sino porque me quería. Me quedé de piedra, sin saber qué decir. Cuando pude articular palabra, le dije con mucho dolor que él era una de las personas junto a mi actual pareja, que más había querido en la vida, pero que yo ya no estaba enamorada. Entonces, lejos de tirar la toalla, me dijo «cásate conmigo». En ese momento me quedé sin respiración, pero tuve que sacar fuerzas y decirle que lo sentía de corazón, que no quería hacerle daño, pero que yo estaba enamorada de mi chico.
Ha pasado mucho tiempo desde aquello, pero todavía pienso en lo curiosa que es la vida y en lo importantes que son los tiempos. Si me hubiese propuesto matrimonio antes de conocer a mi pareja, ¿le habría dicho que sí? Quién sabe lo que hubiera pasado y dónde estaríamos en este momento… Ahora Alberto es muy feliz con otra chica con la que se prometió recientemente y tiene unos hijos preciosos, totalmente alejado de aquel estilo de vida anterior. Nosotros seguimos siendo amigos aunque de una forma menos estrecha y yo, sigo súper enamorada del chico que me salvó la vida. Supongo que las cosas son como tienen que ser.
Mar Ausarta.

