Y después lo mandé al carajo. Llevaba un tiempo quedando con un chico y, aunque teníamos una relación prácticamente sexual en su totalidad, de vez en cuando hacíamos planes para salir a cenar y demás. Es importante destacar que el sexo consistía mayoritariamente en una relación amo-sumisa, lo cual me parecía muy divertido y me encantaba jugar ese papel con él. Una noche, mientras charlábamos en la cama, a él se le ocurrió la brillante idea de llevar ese rollito dominante a la vida real y, como hasta ese momento nunca habíamos tenido ningún problema con los límites, me pareció divertido probar.

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Empezamos con tonterías, estilo quitarme las bragas en el baño del restaurante mientras cenábamos, tocarnos en sitios públicos sin ser descubiertos y cosas así. Todo esto le daba una salsa a mi vida sexual que no había tenido hasta entonces, y me encantaba. Pero la cosa fue más lejos. Me preguntó por qué no llevábamos el juego un poco más al extremo, y con todo el respeto me consultó qué me parecía que él decidiese todo por mí durante una semana. Pues qué queréis que os diga, me dio muchísimo morbo imaginarme una semana en la que este chico tomase decisiones por mí, estar un poco limitada en ciertas cosas o necesitar su visto bueno. Acepté.

Empezaron siendo decisiones sobre todo enfocadas al plano sexual: hoy no te pongas bragas, quítate el sujetador en el baño del trabajo, mándame una foto así o asá. Los días siguientes fueron escalando a: «vístete así para ir a trabajar, que se te marquen bien las tetas en esa reunión que tienes». Bueno, eran cosas medianamente asumibles y seguía divirtiéndome.

Cuando fue cogiendo soltura, ya hacia final de semana, me mandó un texto enorme al WhatsApp planeando absolutamente todo mi día: cómo tenía que vestirme, incluido un collar de sumisa que usábamos para jugar en la cama. En el trabajo tenía que insinuarme a un compañero y grabarlo. Al salir, debía cancelar todos mis planes, ponerme unas esposas e ir caminando a casa, esperando que un coche desconocido me recogería para llevarme a la SORPRESA FINAL.

Qué queréis que os diga, me pareció too much. Está bien jugar un rato y sobrepasar algún que otro límite, pero que alguien decida absolutamente todo lo que tengo que hacer no es para mí, ni debería ser para nadie a esos niveles. Me quedé sin saber cuál sería la sorpresa final, pero tal y como iba la cosa ya no me parecía divertido, así que puse límites, lo mandé a esparcir esa creatividad a otra parte y, de paso, al carajo.