Desde que a los diecinueve años decidí convertirme en vegetariana, he tenido que aguantar todo tipo de comentarios. Los que seáis vegetarianos como yo, o veganos, entenderéis perfectamente a qué me refiero: «que tontería más grande, los van a matar igual aunque tú no te los comas, tú te lo pierdes»; «vas a tener problemas nutricionales, ya verás, eso no puede ser bueno»; «a tí lo que te hace falta es tomarte una buena pringá y dejarte de tonterías»; «¿el jamón y las gambas tampoco las comes o eso sí?»; y un larguísimo etcétera. Son muchos años ya siendo vegetariana y si empiezo a relatar todas las frases estúpidas que me han dicho, no acabo.
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El caso es que cuando conocí a mi pareja, fue de las primeras cosas que le comenté sobre mí. Porque si algo tenía claro es que no iba a salir con alguien que no respetase esta decisión. Yo no iba a meterme en lo que comiese él. Aunque evidentemente prefería que no consumiese este tipo de alimentos en mi presencia, con los años he ido teniendo que aceptar que, igual que los demás no deben opinar sobre qué decido comer yo, yo no puedo decidir qué comen o dejan de comer ellos.
Por suerte, aunque no era vegetariano ni vegano, no tenía ningún problema con que yo lo fuese. De hecho, descubrimos que le encantaba probar mis recetas y la mayoría de las veces acabábamos comiendo algo vegetariano. Y cuando a él le apetecía alguna cosa que no lo fuese, comíamos platos diferentes y arreglado. Nuestra relación se ha basado siempre en el respeto mutuo y en este tema no iba a ser menos.

Con el tiempo, nos fuimos a vivir juntos. Nos preocupaban muchas cosas sobre la convivencia, claro, y una de ellas era organizar nuestra comida a diario. Hasta entonces pasábamos días juntos, pero no era convivencia absoluta. Pero, nuevamente, volvimos a darnos cuenta de que nos acoplábamos a la perfección. Más problemas nos dieron otras cosas relacionadas con la convivencia que el tema alimenticio, la verdad. Pero, en líneas generales, todo siguió evolucionando bien. Y entonces decidimos hacernos pareja de hecho. Queríamos casarnos en algún momento, pero ambos queríamos una boda grande y teníamos que ahorrar. Así que haciéndonos pareja de hecho sentíamos que dábamos un pasito más. Nos considerábamos marido y mujer, prácticamente, aunque no lo fuésemos del todo.
Un día nos invitó a cenar mi cuñada a su casa por su cumpleaños. Iban mis suegros y mis otros cuñados también. Seis hermanos tiene mi chico, tres con pareja y tres que no. Ellos saben que soy vegetariana, obviamente, y siempre suelen hacer a parte una versión de la comida adaptada para mí. Yo me ofrecía a llevar mi propia comida para no dar quehaceres, pero desde el primer momento siempre se negaron a esta opción, así que ya me había acostumbrado. Muchas de las frases estúpidas de las que he hablado al inicio de este artículo las he recibido de ellos. De algún modo, sabía que no se tomaban en serio el hecho de que yo hubiera decidido ser vegetariana. A veces, hacían algunas bromas que no me caían del todo bien pero aguantaba con buena cara. Como he dicho, estaba acostumbrada a este tipo de actitudes, incluso en mi propia familia.
Aquel día mi cuñada había hecho pastel de berenjenas. Con carne picada, por supuesto. Y, nada más llegar, me dijo que para mí había hecho uno pequeñito con soja texturizada en vez la picada de pollo. Se lo agradecí mucho y me ofrecí a ayudarla con lo que quedase en la cocina por hacer, pero me dijo que no hacía falta, que me sentase con el resto en el patio, que solo quedaba servir. En la mesa había aperitivos, de los cuales yo solo podía comer el hummus, así que me senté cerquita de esa bandeja. Era el único aperitivo vegetariano que ponían siempre en todas las reuniones familiares. Si había alguno más, era porque lo llevaba yo.

Fueron sacando los platos ya servidos desde la cocina y poniendo a cada uno el suyo por delante. Mi cuñada vino con el mío y le dije que tenía una pinta estupenda. Me moría de hambre, así que en cuanto estuvieron todos los platos servidos y todos sentados, empecé a comer con ganas. ¡Qué rico estaba!
Estaba tan concentrada en comer que al principio no me di cuenta. Empecé a notar que a mi alrededor estaban muy callados y entonces alcé la vista. Mis cuñados me miraban y se miraban entre ellos como aguantándose la risa. Mi pareja preguntó qué pasaba y entonces la anfitriona dijo: «Está tela de rico el pastel, ¿verdad Bea?». La miré sin entender y entonces más de media mesa se echó a reír a carcajadas. Todos se reían menos mis suegros, que no se habían enterado de qué pasaba, y nosotros dos, que aún tampoco entendíamos nada. Y cuando revelaron lo que ocurría, me horroricé.
Mi cuñada había planeado gastarme «una broma» ese día: servirme el plato hecho con carne como a todo el mundo sin que me diese cuenta. Se lo contó a sus hermanos y hermanas. Unos apostaban a que me daría cuenta al primer bocado y otros a que me lo comería sin notar nada. Los únicos que no participaron fueron mis suegros, pues no les dijeron nada porque «seguro que mi suegra se chivaba».

Me sentí fatal. Se estaban burlando de mí y de mis creencias, me habían faltado al respeto como nadie en mucho tiempo. Se me saltaron hasta las lágrimas y se me descompuso el estómago del disgusto y la ansiedad. Me levanté y me fui de allí sin mediar palabra. Mi pareja les gritó que de qué iban y me siguió. Nos fuimos inmediatamente a nuestra casa.
Les he retirado la palabra desde entonces. Ella se ha disculpado y también el resto de mis cuñados, pero me da igual, la verdad. Me he negado a volver a asistir a cualquier tipo de reunión familiar, al menos por ahora. Insisto a mi pareja para que vaya él, eso sí. Pero de momento tampoco quiere. Mis suegros están disgustados con la situación y para no preocuparlos de más quedamos con ellos a menudo. Y esta es la situación en la que estamos ahora. Reconozco que si algún día vuelvo a tener relación con el resto de su familia, lo haré por ellos dos y mi pareja. Pero, hoy por hoy, aún no me siento preparada ni tengo ganas de verles la cara. Y es que, si por mí fuera, juro que jamás les volvería a ver.
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